miércoles, 5 de abril de 2017

Cuento con el que participé en Santiago en 100 palabras 2017

Julia no llora


Era el primer ingreso de la tarde. El José venía desarmado. Rígido y congelado en el tiempo. Cuántas veces Julia le repitió ten cuidado; esa cosa es un ataúd con ruedas, pa' qué te la compraste. Es que José adoraba la sensación del viento en su cara; es una adicción, le decía. Una condena, respondía ella. Pero a él lo hacía feliz. Cuando vi entrar ese casco de diseños militares, un pantalón hecho jirones y una chaqueta de cuero rasgada, algo recorrió mi cuerpo. Rogué porque ella ya lo supiera. Julia no llora, me repetía. Ella nunca llora. 

domingo, 8 de enero de 2017

Obsesión de invierno

Al pasar esta tarde por la tienda de Rocío, pensé en él. Hace meses que no lo recordaba de manera tan vívida. Creo que fue porque en la vitrina se exhibían un par de bufandas de colores, absolutamente odiosas. Ello me arrastró automáticamente al interior de la tienda. Sonó la campanilla. El lugar estaba semioscuro y desordenado. Rocío me gritó desde adentro que estaba haciendo un inventario, “dame un momento, ya voy”. Esperé para saludarla.

Mientras recorría con mis ojos la tienducha vi en el suelo, entre un montón de ropa, una bufanda negra. No pude evitar que me atrajera de forma compulsiva. Me agaché a recogerla y al tocarla noté que era increíblemente suave. Me recorrió un escalofrío por el cuerpo, la dejé caer y salí de allí.
Caminando por la calle me sentí un poco temblorosa. Me toqué la frente, convencida de que tenía fiebre. Náuseas. Definitivamente estrés. Pero el daño ya estaba hecho, por lo que me senté en un banquillo a la sombra y mis pensamientos fueron directamente hacia él. ¿Cuál habría sido nuestro error?

Creo que todo estaba en nuestros inicios. Cuando disfrutábamos la vida juntos, solíamos descorchar un vino y nos sentábamos en la terraza a oler el jazmín. Mi cuerpo se tensaba sabiendo que estaba por entrar en un lugar desconocido, pero la curiosidad siempre era demasiada. Tantas noches a la luz de vela con una copa llena escuchando sus historias. Tenía algo de cautivador e intrigante. Me hacía tanto daño, pero me encantaba escucharlo. Me fascinaba preguntar. Observarlo evocar esas experiencias y sentirme como un espectador secreto eran ya una adicción. Me apresuraba a interrogarlo luego de un par de tragos sobre sus aventuras pasadas, necesitando saber cada uno de los pormenores más oscuros. Él accedía y narraba con su maravillosa elocuencia viajes, hoteles, amores, pasión, locura y desenfreno.

En mí, una cierta obsesión iba tomando forma, pero fue esa bufanda, su presencia, la que me envenenó. Yo la adoraba, era finísima y suave, de alpaca; abrigaba tanto que el invierno parecía acogedor. Acariciarla era como besarlo a él recién afeitado. Me encantaba cuando la lucía, adornando su cuerpo varonil y sensual. Le daba un aire de elegancia que me derretía. Pero a veces yo me la ponía. Me excitaba saber que tenía su perfume rodeando mi cuello.

Mi orgullo estaba convencido de que podía soportar todas sus vivencias. Sin embargo, hubo pequeños momentos que fueron deteriorando ese orgullo. Fueron destrozando cuánto me gustaba esa bufanda, y poco a poco, cuánto me gustaba él. Coherente con mi hábito destructivo, estaba empecinada en saber de ella y su relato. Él me había dicho que era un regalo, pero en una de esas noches de velas y vinos yo quería más. Era un regalo de un amor antiguo, mencionó. Pero no tan antiguo, supe yo, cuando volqué mi copa de vino sin querer en la mesa y él, enfurecido, me reprendió llamándome por el nombre de ella.

El objeto de mi amargura era esa bufanda. Ella pagaba sus pecados. Me acuerdo que aquel día subí corriendo las escaleras hacia la habitación y arranqué a la maldita de un tirón, botando al suelo un par de prendas. Él odiaba el desorden y yo amaba el drama. La arrojé furiosa al basurero. Él me miró y estalló en carcajadas. Se acercó a abrazarme lentamente, como si yo fuese un puerco espín y sucumbí ante sus encantos. Él era así, una dulzura. Y yo rápidamente guardaba, aunque en el cajón de las heridas, los recuerdos de la anterior.

A lo largo de los años fui adquiriendo una rutina. Cuando él no miraba, me plantaba frente a las estanterías de nuestro armario y me dedicaba a observar desde cierta distancia aquella bufanda. Era como si ella, no la bufanda, sino ella, me mirara diciéndome cosas horribles. Yo me creía cada una de sus palabras imaginarias. Le dejaba hablarme y cuando me había menospreciado lo suficiente, me acercaba, la tomaba entre mis manos, la desdoblaba y volvía a doblar, a lo ancho y a lo largo, como a él le gustaba, alisándola con los dedos hasta que quedara perfecta para devolverla a su lugar.

A veces yo misma iba hacia él y se la entregaba, poniéndosela al cuello. Para que no te resfríes, le decía. Envolvía su cuello con una o dos vueltas, o bien, la pasaba solo por detrás, con los flecos hacia adelante. La detestaba. Alguna vez le pedí que la tirásemos, pero él nunca quiso. Extrañamente jamás entendió por qué yo sentía celos hacia su extinta relación. Pero no solo los sentía, me comían por dentro mientras la bufanda gozaba al verme así. Era como si un pedazo de mi alma se hubiese podrido. Una especie de septicemia cuya única solución era la amputación. Incluso lo pensé.

Cuando todo se terminó, él no comprendió ni pude yo explicar el porqué. Pero cuando me fui de nuestra casa, aproveché un momento de distracción e hice lo que moría por hacer. Ya me había deleitado con ello un par de veces en sueños. Me encerré en la habitación con ella, la rasgué en mil pedazos, como si alguna fuerza diabólica se hubiese apoderado de mí y la dispersé por todo el suelo y las paredes. Tomé mis maletas, cerré la puerta al salir y nunca supe más de él. Creo que ese fue nuestro error: esa repulsiva bufanda negra de alpaca. 

miércoles, 4 de enero de 2017

En 100 palabras

Cómo robar una sonrisa


Igual que todas las mañanas, tuve que ir al Ministerio a hacer trámites. Trámites, a eso se reduce cada día; pero ese fue especial. Caminando hacia el metro un guardia me sonrió y al bajar de él, un señor del aseo me sonrió. Avanzando hacia el edificio, el carabinero de la esquina de siempre me sonrió y luego, al cruzar la calle, un peatón desconocido me sonrió. Entré al Ministerio, caminé hacia el funcionario del escritorio de en medio, que ya me conocía. Me sonrió y me regaló una flor de origami, hecha con papel de fotocopias viejas. Entonces, yo sonreí. 

lunes, 1 de agosto de 2016

Ruptura


En mi cabeza resuena una melodía triste,
tan triste como la mirada que me diste
cuando te dije que teníamos que dejar de vernos.

Mientras caminábamos por la calle y las palabras salían de mi boca,
 traté de ser fuerte para sonar convincente,
pero no pude evitar que en mi interior algo se rompiera.

Tuve que detenerme a recoger mis restos desparramados por la avenida
y guardarlos para algún día tratar de rearmarme
pero no todavía;

Este dolor infinito es lo único que me queda de ti
y no lo dejaré ir tan fácilmente.

sábado, 9 de enero de 2016

Pensamientos (o de por qué dejé de escribir durante casi dos años)

31 de julio de 2014
Corro y corro pero no avanzo porque mis pies están enterrados en la arena. El sol no brilla; al contrario, todo está oscuro y siento la brisa marina golpearme el cuello con esa sensación helada y húmeda que tanto conozco. Trato de avanzar pero no logro ir más rápido que la ola que viene tras de mí. Negra, como un monstruo, imponente y ruidosa, lista para aplastarme.
Cada segundo me desespero más y en mi interior siento esa ansiedad implacable de que no voy a poder soportarlo. Si esa ola fuera una persona, sentiría su aliento detrás mío, penetrando por mis oídos sin dejarme escuchar mis propios pensamientos. Si tan solo pudiera escuchar mis pensamientos podría decidir qué hacer.
Pero me doy cuenta de que no es un sueño, es mi vida. Se acerca, lista para aplastarme y yo no estoy preparada. Las responsabilidades, las expectativas, lo que los demás piensan... el sistema. Yo no estoy lista aún para eso, quiero ser libre y correr infinitamente rápido, hasta quedarme sin aliento y alejarme de todo para poder escucharme.
Cuando era joven la vida consistía en tener sueños, ideales de lo que quería lograr, en emocionarme con un buen libro o una buena película, y creer firmemente que en unos años sería la protagonista de esas historias.
Ahora que no soy tan joven y que la vida me ha obligado a seguir ciertos caminos, tontamente pensando que fueron mis propias elecciones, ya no hay espacio para los sueños. Quiero ser una deportista o una escritora, pero la sociedad espera de mí otra cosa. Lo patético de todo esto es que yo también espero de mí otra cosa: no me atrevería a dejar ahora, que ya estoy terminando una carrera bien vista y trabajando en un lugar bueno y estable, eso que he construido, y que ni siquiera es lo que quería.
¿Qué es lo que me frena? Miedo. Lo que me impide avanzar y sacar mis pies de la arena, salir de esa playa y dejar que esa ola reviente sola, es miedo; y ni siquiera sé a qué. Me angustia ver que pasarán los minutos, días y meses y mis sueños seguirán ahí, no como un esperanzador futuro sino como un frustrante recordatorio de que no arranqué de una miserable vida por miedo.
Vivo una vida que no es la mía y si mi joven-yo me viera desde la distancia se sentiría decepcionada por haberse convertido en una cobarde. Pero, honestamente, ¿Quién tiene el valor de dejarlo todo y atreverse a ser feliz?

jueves, 4 de abril de 2013

Cíclos

-         - Vamos, pónganse los cinturones por fa’ chiquillas-. Le pedí a la Flo, a la Jose y a la Chica.
-          -¡Ya, que exageraa’!-. respondió la Chica.
-        -  ¡Ay que pesada, no nos vamos a matar de aquí a quinientos metros!-. dijo la Flo.
-         - Bueno hagan lo que quieran-. Les dije un poco molesta.
Bajamos desde mi casa, a cincuenta kilómetros por hora, por un camino que ya había hecho muchas veces, con la música a full volumen. Siempre salíamos las cuatro juntas y ya habían pasado tres fines de semana desde que no venía a la ciudad, y solo quería pasarlo bien una noche.
-          -Llegamos. No dejen cosas de valor en el auto por fa.- Les pedí a todas.
-          -Bueno, pero yo voy a dejar mi chaleco-. Dijo la Jose
-         - ¡Sí, yo igual!-. Replicó la Chica
-        - Yo también; están locas que voy a andar con mi chaqueta en la mano. ¡Hay que verse bien!-. Exclamó la Flo.
-          Bueno, tienen razón, pero dejemos todo en la maleta-. Introduje la llave para abrir el maletero y todas metimos nuestros abrigos ahí dentro. 
Estamos en la fila. Pleno invierno. Es de noche. Todos empujan solo por tener un poco de diversión. Todos empujan y gritan. Todos llaman por celular. El patetismo inunda la escena.

Todas las mujeres tiemblan de frío; tiritan sus piernas y castañean sus dientes, mientras esperan entrar al recinto con sus faldas cortas y vestidos apretados. Algunos toman alcohol, algunos fuman, y todos empujan. Debí bajar mi chaqueta.

Tres guardias de metro ochenta cuidan la puerta. No dejan pasar a nadie más. Miro alrededor y quiero salir de ahí... pero la enorme fila tras de mí lo hace imposible. Jamás había visto con esos ojos lo que ocurría ahí. Jamás me había sentido tan despojada de mi individualidad. Soy la multitud irracional.

Todo se repite. Hace frío y todos vestimos trapos ennegrecidos ¿o solo es la oscuridad de la noche? Todos empujan obligando a los primeros a entrar en el recinto. Tres guardias de metro ochenta cuidan la puerta y nos gritan. Todos gritamos en realidad. Algunos lloran y varios fuman.

Los que tienen la mala suerte de quedar en los bordes de la multitud reciben palos y golpes. Algunos caen. Nadie los ayuda. La fila para entrar a bailar es insoportable. Los del borde siguen cayendo y otros son apresados contra las rejas. Algunos se tropiezan. Caen algunas mujeres en tacos de trece centímetros. No es fácil mantener el equilibrio así. ¿Por qué no bajé mi abrigo?

Todos empujan. Los traposos y las jóvenes maquilladas. Todos gritan y discuten con los guardias. Algunos fuman. ¿A dónde estamos entrando? La espera pierde sentido. Somos una marea de miradas perdidas.

¿Qué tan patética puede resultar esta escena? ¿A eso aspiramos? ¿Por esto es por lo que queremos tener tiempo libre? O mejor dicho, ¿Por esto vivimos?

¡Qué cíclico y qué inhumano es este mundo!

Mientras estamos en la fila pienso en la falta de amor que hay aquí. Me siento tan vacía que tengo náuseas. Y todos en su interior deben estar pensando en cuán patético se ve el otro. Pero yo pienso en “nosotros”: en el patético colectivo.

Hombres y mujeres miran a la multitud y piensan que jamás serían parte de ella. Y empujan y son empujados para entrar. ¿Sabrán que no es a bailar, sino a un campo de concentración a lo que estamos entrando? Los traposos y las mujeres sumisos esperan poder entrar fundidos en la masa, pensando en que se destacan por algo, sin poder determinar qué.

Todos están en la lista. ¡Qué alivio! Los que no, que lástima, no podrán entrar.
El rebaño inhumano, animalizado, va entrando lentamente al recinto. ¡Al fin! Los guardias de metro ochenta deciden ceder ante nosotros.Y la masa ingresa implacable al lugar. Si se trata de un club para bailar, un campo de concentración alemán o una cárcel vietnamí; ¡Qué más da!