domingo, 7 de noviembre de 2010

Übermensch

Übermensch

 I
Era un domingo de otoño, temprano en la mañana cuando Wilhelm llegó con paso apurado al pequeño café de la esquina en la calle Blumen, donde rutinariamente se congregaban escritores y otros intelectuales del más variado tipo.
El sol de mediodía ya brillaba en lo alto, pero la temperatura no era suficiente aún como para salir del departamento sin su pesado chaquetón de pana y aquellos pantalones largos que tanto le favorecían. Si bien no era un tipo de catálogo de revista, su apariencia física era envolvente. No sólo era guapo sino que tenía una mirada que dejaba ver la profundidad de sus conocimientos y su impresionante inteligencia. Su sonrisa blanca era encantadora, no perfecta, y tal vez por eso, adorable. Su barba de tres días le daba un aspecto descuidado y bohemio.
Se sentó en una de las pequeñas mesas del local y mientras llamaba a la mesera con una seña del brazo, encendió un cigarrillo.
-Buenos días, ¡pero qué adorable se ve usted hoy! Le voy a pedir, si no es molestia,  un café fuerte, bien cargado, sin azúcar como siempre. Y otro, más suave con gotas de canela y vainilla, por favor- La mesera anotó y luego se sonrojó al ver que su cliente le guiñaba un ojo seductor.
Tomó el libro que había llevado consigo. Una recopilación de escritos filosóficos que había comprado en una feria de callejón, Günstige si mal no recordaba. Iba en el capítulo que hablaba sobre los clásicos; un pequeño resumen, algo no muy denso claro está. No le interesaba mucho esa filosofía sino en cuanto le servía para comprender mejor a aquella que le sucedió. Intentó leer unas líneas pero no lograba concentrarse. Otros pensamientos ocupaban su mente. ¿Por qué Platón habría llegado a aquellas conclusiones? Qué locura significaba para Wilhelm que un filósofo fuera tan incapaz de asumir el mundo, la realidad y el caos que éste significa, que tuviese que inventar otro mundo y llamar a este “aparente”. Rió y pensó para sus adentros: “Es como un intento desesperado de ocultar los principios hmm, ¿Cómo decirlo? Corpóreos, reales. ¡Dionisiacos! Sí, eso es, Dionisiacos. Intenta ocultar esa faceta y crear un mundo racional, un cosmos. Pero ¿y a mí qué? Si esto es lo real, hay que gozarlo. La vida no debe tener una finalidad, ya que la realidad misma no la tiene, sino que vuelve a sí misma en un eterno retorno.” Siguió pensando en variados aspectos de la filosofía de Platón como por ejemplo, ¿Cuál había sido el fin de escribir todo eso, qué sentido tienen todas estas conclusiones idealistas? Pero  sin embargo su idealismo tenía algunas cosas rescatables, como el hecho de que fuera una filosofía sin Dios. Wilhelm estaba seguro de que la religión era una torpeza humana Tener fe significa no querer saber la verdad”.
Sentado en el cafecito divagaba absorto en sus pensamientos pensando ya no en la filosofía sino en su propia vida, que al final era lo mismo ya que su total existencia la había invertido en buscar la verdad. Y con ella pretendía llegar a la felicidad. Y ahora que lo pensaba era feliz. Hace unos años había dejado atrás las convenciones y ritos tradicionalistas: la fe, en especial el catolicismo, que se había vuelto una constante carga para su alma. La dicotomía entre sus creencias y sus actos había sido resuelta finalmente adecuando todo hacia lo real, lo corpóreo, hacia un vitalismo biológico. Y se sentía enormemente aliviado.
También en el último tiempo había tomando conciencia de su propia individualidad, de ser él mismo, y se reconocía como un hombre exitoso en todos los ámbitos. Ahora, con su doctrina personal de vivir el momento al máximo, se sentía satisfecho no de la vida, sino de él mismo respecto de ella.
Un peso sobre su hombro lo trajo de vuelta a la realidad. Cerró el libro y se volteó. La vio allí, radiante como siempre. Su tez pálida resplandecía y su cabello oscuro contrastaba con sus ojos color miel. Tan exóticos; los adoraba. Traía un vestidito largo color ocre, y unas botas de última moda. Una chaqueta negra entallada, en juego con su calzado, finalizaba su atuendo que resaltaba su esbelta y delicada figura.
-¡Perdóname querido! ¿Llegaste hace mucho? Había un tráfico de los mil demonios… pero he pagado más de lo necesario al cochero con tal de llegar a tiempo,- detuvo su charla atolondrada, tomó aire y encantadora continuó,- Te ves guapísimo, querido-.
Sonriendo Wilhelm se levantó y moviendo la silla junto a él, se la ofreció a su invitada de honor. Ella aceptó con una sonrisa, tomó asiento y alisó los bordes de su vestido.
-No te preocupes por la demora, de todos modos yo también me retrasé, pero ya estamos aquí. Disfrutemos de este momento. Ya he pedido por ambos,- Mientras decía esto, levantó el brazo e hizo una seña a la mesera para que trajera los cafés.
- Café suave…- dijo ella con una fingida preocupación.
- Con toques de canela y vainilla.- Continuó él con su sonrisa seductora.
-¡Oh! Siempre tan atento, eres adorable Wilhelm-. La mesera regresó con los pedidos y los puso cuidadosamente sobre la mesa.
Wilhelm la contempló unos minutos. Era muy bella y ahora que lo pensaba estaba más seguro que nunca de su decisión. Se había demorado algún tiempo en tomarla pero ya estaba totalmente confiado de que nada podía salir mal en su plan. Tenía todo lo que ella podría desear. Era carismático, inteligente, y siempre conseguía lo que se proponía. Su voluntad de poder era algo destacable. Su Wille zur macht era esa fuerza asentada en lo más profundo de su ser, que salía al exterior en esos instantes con más fuerza que nunca, con su pluralidad de instintos, inclinaciones, pasiones enfrentadas unas con otras. Su Wille zur macht se identificaba con la autoafirmación de sí mismo, de elegir lo que para él era mejor. No era una voluntad de existir, sino de ser más. Y ahora se sentía como un superhombre, invencible y el fundamento de esta fuerza era la pasión que ella le inspiraba.
-Cásate conmigo, Salomé- Sostuvo la mirada fija en ella unos instantes. Sacó de su bolsillo un anillo espectacular, ya que además de todo, para él el dinero no era un tema que le preocupase en lo más mínimo.
Ella guardó silencio un momento. Había pasado la mayor parte de su juventud junto a él. Habían sido amigos, luego novios, y ahora, era una mezcla extraña de amistad y amor pero sin compromiso alguno. Ella lo conocía más que nadie. Y por eso mismo siempre supo cuál sería su respuesta.
-No puedo, querido.- y continuó con la voz un poco más decidida,- Jamás podría ser feliz con un hombre como tú-.
-¡Pero yo te amo, Salomé!- dijo él ya no tan seguro de sí mismo. Nunca habría pensado una respuesta así. Un hombre como él siendo rechazado. ¡Qué ridículo! Ella debía estar loca.
Salomé no pudo seguir hablando, se levantó y se fue caminando dignamente, con la cabeza en alto mientras unas lágrimas corrían por su cara. Ella sabía perfectamente que él no la amaba. Él se amaba a sí mismo y la quería por lo que tenerla a su lado significaba. Ella sería su accesorio; solo contribuiría a aumentar aún más su vanidad masculina. Ella sufriría porque él jamás admitiría algún error, su orgullo mataría esa pasión inicial hasta que ambos descubrieran que nunca hubo amor. Además ella no creía en Dios pero siempre había pensado que tal vez, en algún momento de la vida, sería bueno buscarlo, y ver de qué se trataba ese otro mundo, esa otra propuesta de felicidad. Tenía todo lo que podría desear, todo lo material, pero sentía un pequeño hueco, algo así como un vacío, y que a veces le hacía sentir extraña, como extraviada. Y estaba segura de que Wilhelm no sería quien llenaría ese espacio en su interior.

II
Lo último que Wilhelm vio de ella fue su largo cabello oscuro al doblar la esquina de la calle Blumen, por donde pasaba el autobús. No se paró ni intentó detenerla. Ella sería infeliz y se quedaría sola. “No hay razón para buscar el sufrimiento, pero si éste llega y trata de meterse en tu vida, no temas; míralo a la cara y con la frente bien levantada.” Y eso era exactamente lo que haría.
Sin darse cuenta su interioridad filosófica tuvo un vuelco. Ese ser en el que tenía puestas sus fuerzas y su confianza plena, que era él mismo resultaba no ser tan absoluto como creía. Pero Wilhelm no supo jamás que era esto lo que sentía, sino más bien culpó a Salomé y sintió odio hacia aquella mujer y también pena, por ella, por su incapacidad para darse cuenta de que él era realmente lo mejor que podría pasarle.
Llamó a la mesera, pidió la cuenta y junto al dinero dejó un papel con su número. Si bien no tendría a Salomé podría tener a cualquier otra y en esos momentos tenía ganas de estar con alguna mujer por un momento de placer. La ingenua mesera lo llamaría al día siguiente, y si era una chica difícil, lo haría el martes por la noche. Perfecto. Porque ya el miércoles no tendría tiempo, debía terminar la novelita romántica que estaba escribiendo hace varios meses, ya que lo editores llevaban semanas insistiendo en que se apresurara, pero Wilhelm al recibir estas quejas las arrugaba y botaba inmediatamente. La mejor forma de expresarse del hombre es el arte; hasta la filosofía debería expresarse casi completamente por este medio, pensaba él, y el arte no es arte si es hecho bajo presión.
Se levantó, cogió su libro y comenzó a caminar hacia su departamento. Todo esto lo había agotado y necesitaba un vaso de whisky con urgencia. Miró a su alrededor y comenzó a divagar nuevamente en su interior. Tal vez la plenitud era inalcanzable y la mejor forma de ser feliz era aceptando de forma escéptica un estado de satisfacción personal. Hay que vivir sin guiarse por normas morales universales, sino por lo que la propia subjetividad muestra como correcto. No hay leyes de la naturaleza. Al conocer la realidad no podemos desprendernos de la propia perspectiva… quizás era este el momento de su vida en que llegaba a las conclusiones más lúcidas que jamás había logrado. De pronto, miró a su derecha y una luz lo encegueció. Un gritó que vino por detrás lo obligó a voltearse. Era la mesera que le hacía señas, pero Wilhelm no entendía bien qué estaba ocurriendo. Tampoco escuchaba lo que ella decía, solo veía sus labios moverse sin emitir sonido alguno. Todo pasó tan rápido. Sintió un golpe duro y frío en todo el cuerpo. Luego mucho dolor. Todo le ardía y su mente daba vueltas. Dejó de sentir su cuerpo. Ya todo había pasado.
El conductor del autobús bajó rápidamente de su cabina y corrió hacia el pobre hombre en el suelo. La sangre corría por la calle hacia el alcantarillado, y Wilhelm no se movía ni siquiera un ápice. La mesera también corrió hacia el centro de la calle así como el resto de los testigos. Nadie daba crédito a sus propios ojos. Lo recién ocurrido era surrealista. Todos observaban mudos. Alguien quizás fue más ágil, porque a lo lejos se oían ya las sirenas de la ambulancia.

III
Wilhelm abrió los ojos lentamente. No tenía la más remota idea de dónde se encontraba ni menos cuánto tiempo había pasado. Tenía hambre y sed. Pero más que nada necesitaba saber qué había ocurrido. Se sentía confundido. Quería llorar. Jamás había llorado pero ahora tenía unas ganas irresistibles de hacerlo.
Seguramente pasaron cinco o seis minutos antes de que llegara la enfermera con su trajecito blanco y pulcro y una sonrisa ensayada, pero para él fueron horas de espera.
-¿Dónde estoy, señorita?-. Su voz ronca y seca, inspiraba compasión.
-Señor, no se preocupe. Está en las mejores manos-. Dijo ella amablemente.-Sin embargo hay algo…-
-¿Qué ocurre?- su tono era más preocupado,-¿Me pondré bien, no es así?-, ya casi parecía un niño.
-Debe dar gracias a que ha logrado sobrevivir. Su accidente fue bastante feo, pero Dios le ha ayudado.- Intentó la enfermera para calmarlo.
-¡No me hable de Dios! ¡Dios ha muerto! Quiero saber qué ocurre aquí.- Ya enojado Wilhem trató de incorporarse pero su cuerpo no respondía.- ¿Qué es esto?¿Por qué no puedo moverme…?-. La voz de Wilhelm denotaba histeria.
-¡Oh por Dios! Es lo que trato de explicarle señor. El accidente, gracias a Dios, lo quiera usted o no, no lo ha matado pero lo ha dejado sin la posibilidad de moverse. El golpe fue directo hacia su columna vertebral por lo que sus funciones motrices ya no están en condiciones de funcionar.- bajó un poco la voz, respiró hondo y prosiguió,- Lo siento muchísimo señor-.
No lo podía creer. Esto no podía estar sucediendo. Su vida recién comenzaba y aún le quedaba tanto por hacer. Terminar su novela romántica, coquetear con la mesera del cafecito de la calle Blumen, terminar su librito de filosofía, escribirle a su madre y recoger los trajes elegantes que dejó en la tintorería subiendo por la avenida Fröhlich. Había quedado con su amigo Paul de juntarse a beber la semana entrante, y había prometido a su antiguo profesor de colegio llevarle algún material de su época estudiantil durante ese mes. “Inválido”, no podía ser. Él era atlético y apuesto, no un ser inerte relegado a una silla de ruedas.
Unas lágrimas bajaron por sus mejillas, recorrieron su cuello y llegaron a la almohada blanca y ahí se absorbieron para siempre. La enfermera se había retirado ya hace algunos minutos, pero en el umbral de la puerta divisó otra figura de mujer.
-¡Oh, querido! ¿Cómo pudo pasarte una desgracia así? Me siento terriblemente culpable. Por favor. Debe haber algo que yo pueda hacer para aliviar tu dolor-. Dijo la mujer con un tono apenado y lastimoso.
-Salomé, querida. Sabía que regresarías a mí. Y sí, hay algo que puedes hacer, querida mía.-dijo Wilhelm intentando sonreír sin éxito.- Toma mi mano.
Salomé se acercó y cogió su mano entre sus dedos y la acarició. Comenzó a sollozar silenciosamente.
-No siento nada, querida. No siento tu calor; no te siento ni en lo más mínimo de mi ser. Mi vida ya no tiene sentido.- sentenció él con el tono de voz más convincente que encontró en su interior.- Coge esa jeringa querida… llénala con aire y vacíala dentro de mí. Acabemos con esto pronto.
Salomé ya no reaccionaba al sentido común. No pensaba en nada que no fuera aliviar su dolor. Se sentía culpable y no quería desobedecer su última voluntad. Hizo lo que Wilhelm le pedía, pero antes él la miró seductor
- Was dich nicht umbringt, macht dich starker… recuérdalo siempre querida-. Y tras un último suspiro expiró para siempre.

domingo, 3 de octubre de 2010

Concurso

Pseudovacaciones. Mi mente escritora se obsesionó con un concurso y no tendrá tiempo para actualizar el blog. Gracias por la comprensión. 

lunes, 13 de septiembre de 2010

Paraíso Nocturno

Un viento helado me rozó la cara, pero aquello no fue lo que me hizo estremecer. Fue esa mirada. Yo lo sabía perfectamente y ya no lo soportaba más. Intenté avanzar consciente de las consecuencias pero me volví… los millones de ojillos me escrutaban y era abrumador. Yo los miraba a su vez, esperando inspirar algún temor en ellos, pero al instante sentía impotencia ante aquel panorama. La oscuridad de la noche contrastaba con el brillo de esos ojos, y eran muchos, demasiados: llegaban a confundirse entre sí, y me absorbían. Mi angustia aumentó ya que me encontraba hipnotizada y ya no podía luchar contra eso. Era hermosísimo y me llenaba interiormente. Me sentía feliz. Y de pronto, Valparaíso dejó de observarme y aquellos ojillos se cerraron asustados con el alba y ese ensueño de luces quedó atrás con la noche, dejándome en libertad.

domingo, 29 de agosto de 2010

Instrucciones Para Perder el Tiempo

   Debo advertirle a usted que a continuación leerá algo que tal vez le guste mucho o no le guste para nada, pero al menos, estoy segura, no quedará indiferente. Y eso es lo importante: sacar al mundo de la indiferencia en la que está sumergido.

   Primero es necesario contar con usted, conmigo o con cualquiera de nuestra especie: todo ser humano es potencial sujeto del ocio, la cavilación y la distracción; aquí no entran distinciones ni racismos.

   Sin embargo, en la actualidad han surgido extrañas teorías acerca del pensamiento animal. Yo no estoy particularmente de acuerdo con esto, y por lo tanto, los dejaré de lado en este instructivo, pero apelo a su libertad: si usted desea aplicarlo a su mascota puede hacerlo aunque no podrá saber si resultó, ya que dudo que el animal pueda luego expresar su experiencia. Esto podría traerle a usted una pequeña frustración y es mejor evitarla.

   Luego se debe tomar en cuenta que en muchos casos, conviene que el sujeto sea alguien que no le tema a divagar por su mente, aunque algunas veces se puede perder el tiempo con objetos puramente externos (y es igualmente efectivo, ya que el tiempo pasará de todos modos, sin que usted haya hecho algo útil) sin tener que enfrentarse con pensamientos o recuerdos poco agradables.
   Para empezar, debe situarse en un lugar rodeado de objetos (que son los posibles distractores) o bien frente a aquello que le desagrade enormemente hacer.
En ambos casos usted podrá perder el tiempo, ya sea con algo externo o bien reflexionando sobre sí mismo.

   Para perder el tiempo de manera correcta, usted deberá dejar de hacer lo que supuestamente debería estar haciendo. Al principio puede resultar difícil, bastante complicado, si usted es un persona con gran sentido de la responsabilidad, pero debe tener en cuenta que perder el tiempo resultará de todos modos irresponsable.

   Antes de intentar perder el tiempo, debe informarse bien acerca de los daños y consecuencias negativas, y por eso debe leer atentamente las advertencias: una vez que determinado tiempo ha pasado, no es recuperable y no insista en lamentarse: no volverá.

   Suele suceder que algunas personas (podría pasarle a cualquiera, incluyéndome) entran a la segunda fase del proceso: Perder-el-Tiempo-Analizando-el-Por-qué-Perdió-el-Tiempo. Esta fase podría llevar a una crisis, algo así como un círculo vicioso, siendo esto un peligro para la humanidad, quién confía en que aquellos que perdieron el tiempo lo harán con cuidado y luego regresarán a sus actividades y productividad normal.

   Por esto lea cuidadosamente estas instrucciones y sígalas: si ya perdió el tiempo, vuelva en sí y deje de perderlo, a menos, claro está, que no haya perdido el tiempo suficiente.

domingo, 22 de agosto de 2010

Minicuento Urbano

Llevaba horas caminando sin detenerme ni un sólo momento. Había recorrido calles y calles y se me hacían como un desierto de asfalto; y me sentí como un camaleón arrastrándome por el árido suelo,  adaptándome a él, mimetizándome con el entorno. Miré a mi alrededor y me di cuenta de que no valía la pena seguir buscándome a mi misma en medio de la ciudad; sólo era una pieza más de aquella masa que llaman sociedad y decidí seguirla y dejar de sentir el peso de ser diferente. Levanté mis ojos y un enorme cartel indicaba la dirección;" No vaya a ser que alguien pretenda destacarse".

miércoles, 18 de agosto de 2010

Ideas varias

Una idea, un pensamiento, un lápiz... ¿Qué más necesita quien desea escribir? Un sobre qué, quizás.

Así como el matemático se aferra a la realidad desde los números y con ellos logra comprender el mundo ¿Quiénes son los escritores? Aquellos que se enamoran de las palabras y con ellas desean retratar la realidad. No son artistas ni científicos, simplemente piensan, se maravillan y luego desean escribir; cada letra es un color, un número, un retrato de lo que nos rodea.

¿Qué es lo real? Tal vez sea aquello que puede escribirse. Un escritor siempre va a confiar en las palabras como la mejor forma de manifestar la realidad; y así como un pintor se aferra a su obra o un científico a su hipótesis, yo me aferro a las palabras.