domingo, 8 de enero de 2017

Reflexiones sobre el amor

Al pasar esta tarde por la tienda de Rocío, pensé en él. Hace meses que no lo recordaba de manera tan vívida. Creo que fue porque en la vitrina se exhibían un par de bufandas de colores, absolutamente odiosas. Ello me arrastró automáticamente al interior de la tienda. Sonó la campanilla. El lugar estaba semioscuro y desordenado. Rocío me gritó desde adentro que estaba haciendo un inventario, “dame un momento, ya voy”. Esperé para saludarla.

Mientras recorría con mis ojos la tienducha vi en el suelo, entre un montón de ropa, una bufanda negra. No pude evitar que me atrajera de forma compulsiva. Me agaché a recogerla y al tocarla noté que era increíblemente suave. Me recorrió un escalofrío por el cuerpo, la dejé caer y salí de allí.
Caminando por la calle me sentí un poco temblorosa. Me toqué la frente, convencida de que tenía fiebre. Náuseas. Definitivamente estrés. Pero el daño ya estaba hecho, por lo que me senté en un banquillo a la sombra y mis pensamientos fueron directamente hacia él. ¿Cuál habría sido nuestro error?

Creo que todo estaba en nuestros inicios. Cuando disfrutábamos la vida juntos, solíamos descorchar un vino y nos sentábamos en la terraza a oler el jazmín. Mi cuerpo se tensaba sabiendo que estaba por entrar en un lugar desconocido, pero la curiosidad siempre era demasiada. Tantas noches a la luz de vela con una copa llena escuchando sus historias. Tenía algo de cautivador e intrigante. Me hacía tanto daño, pero me encantaba escucharlo. Me fascinaba preguntar. Observarlo evocar esas experiencias y sentirme como un espectador secreto eran ya una adicción. Me apresuraba a interrogarlo luego de un par de tragos sobre sus aventuras pasadas, necesitando saber cada uno de los pormenores más oscuros. Él accedía y narraba con su maravillosa elocuencia viajes, hoteles, amores, pasión, locura y desenfreno.

En mí, una cierta obsesión iba tomando forma, pero fue esa bufanda, su presencia, la que me envenenó. Yo la adoraba, era finísima y suave, de alpaca; abrigaba tanto que el invierno parecía acogedor. Acariciarla era como besarlo a él recién afeitado. Me encantaba cuando la lucía, adornando su cuerpo varonil y sensual. Le daba un aire de elegancia que me derretía. Pero a veces yo me adelantaba y la usaba. Me excitaba saber que tenía su perfume rodeando mi cuello.

Mi orgullo estaba convencido de que podía soportar todas sus vivencias. Sin embargo, hubo pequeños momentos que fueron deteriorando ese orgullo. Fueron destrozando cuánto me gustaba esa bufanda, y poco a poco, cuánto me gustaba él. Coherente con mi hábito destructivo, estaba empecinada en saber de ella y su relato. Él me había dicho que era un regalo, pero en una de esas noches de velas y vinos yo quería más. Era un regalo de un amor antiguo, mencionó. Pero no tan antiguo, supe yo, cuando volqué mi copa de vino sin querer en la mesa y él, enfurecido, me reprendió llamándome por el nombre de ella.

El objeto de mi amargura era esa bufanda. Ella pagaba sus pecados. Me acuerdo que aquel día subí corriendo las escaleras hacia la habitación y arranqué a la maldita de un tirón, botando al suelo un par de prendas. Él odiaba el desorden y yo amaba el drama. La arrojé furiosa al basurero. Él me miró y estalló en carcajadas. Se acercó a abrazarme lentamente, como si yo fuese un puerco espín y sucumbí ante sus encantos. Él era así, una dulzura. Y yo rápidamente guardaba, aunque en el cajón de las heridas, los recuerdos de la anterior.

A lo largo de los años fui adquiriendo una rutina. Cuando él no miraba, me plantaba frente a las estanterías de nuestro armario y me dedicaba a observar desde cierta distancia aquella bufanda. Era como si ella, no la bufanda, sino ella, me mirara diciéndome cosas horribles. Yo me creía cada una de sus palabras imaginarias. Le dejaba hablarme y cuando me había menospreciado lo suficiente, me acercaba, la tomaba entre mis manos, la desdoblaba y volvía a doblar, a lo ancho y a lo largo, como a él le gustaba, alisándola con los dedos hasta que quedara perfecta para devolverla a su lugar.

A veces yo misma iba hacia él y se la entregaba, poniéndosela al cuello. Para que no te resfríes, le decía. Envolvía su cuello con una o dos vueltas, o bien, la pasaba solo por detrás, con los flecos hacia adelante. La detestaba. Alguna vez le pedí que la tirásemos, pero él nunca quiso. Extrañamente jamás entendió por qué yo sentía celos hacia su extinta relación. Pero no solo los sentía, me comían por dentro mientras la bufanda gozaba al verme así. Era como si un pedazo de mi alma se hubiese podrido. Una especie de septicemia cuya única solución era la amputación. Incluso lo pensé.

Cuando todo se terminó, él no comprendió ni pude yo explicar el porqué. Pero cuando me fui de nuestra casa, aproveché un momento de distracción e hice lo que moría por hacer. Ya me había deleitado con ello un par de veces en sueños. Me encerré en el baño con ella, la rasgué en mil pedazos, como si alguna fuerza diabólica se hubiese apoderado de mí y la dispersé por todo el suelo y las paredes. Tomé mis maletas, cerré la puerta al salir y nunca supe más de él. Creo que ese fue nuestro error. Esa repulsiva bufanda negra de alpaca. 

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