sábado, 30 de junio de 2012

Sobrevivir a la Vida

Simone bajó la escalera lentamente, y entre la multitud se sintió terriblemente sola. Su mano ya envejecida se deslizó por la baranda de metal, y paso a paso llegó hasta la línea amarilla dibujada en el suelo. El vagón del metro se detuvo frente a ella, abrió sus puertas, y la turba indiferente ingresó en él. A empujones se desató una guerra para llegar a algún lugar. Tomó el asiento que un chiquillo le ofreció, y cerró sus ojos cansados.
-No lo entiendo. No sé por qué me ha dejado –la voz era de una profunda tristeza.
- No debes pensar más en él, no valía la pena y ambas sabemos que en realidad buscaba la satisfacción de verse bien acompañado – su amiga no sabía bien cómo ayudarla y optó por lo sano; decirle la verdad.
Simone acomodó sus piernas cruzadas, cambió la derecha sobre la izquierda. ¿Por qué la había dejado? No habían razones para eso, no tenía sentido. Pero era la realidad, él nunca la había merecido y lo que le decía su amiga era duro pero reconfortante. Por un momento se sintió como aquellas mujeres de películas antiguas que eran independientes y desafiaban el orden social.
Un pitillo agudo, el tercero de la mañana, le avisó que era su parada. Debía bajarse para caminar hacia algún lugar, ¿hacia dónde debía ir? Se puso de pie y salió. La gente se hizo a un lado para que pasara sin inconvenientes. Odiaba eso. Su corteza denotaba algo que ella no sentía. Seguía siendo pero la gente insistía en quitarle su ser. Se estaba desvaneciendo lentamente. Años antes había oído decir que las personas de su edad sólo observaban a sus semejantes. Y ella veía juventud en todas partes. Su vitalidad solo estaba limitada por su exterior.
Continuó pensando acerca de aquel tarado que tanto había querido y que la había dejado mientras caminaba por las calles del centro de la ciudad. Divisó un café a lo lejos y se dirigió hacia él.
El semáforo en rojo la detuvo unos minutos y escuchó a su lado a unos caballeros comentando acerca de una noticia reciente.
-          Es increíble que aquel hombre haya decidido entrar a esa casa con el objetivo de robar joyas de valor-.
-          ¿Qué necesidad habrá tenido?- respondió el otro.
-          Ninguna claramente. Era un hombre bien educado, con una profesión, con proyecciones. ¿Quién entiende las pretensiones personales de un loco? Porque obviamente era un loco-.
-          Quizás. Dicen que incluso atacó a una de las hijas de la familia dueña de la casa. ¿Y con qué fin? Vaya a saber uno-.
-          La sociedad va en decadencia. Y la justicia para qué decir-.
-          Un horror. Hoy leí que el tipo ese quedó libre porque pudo pagar la fianza. Con sistemas así no me siento seguro ni mientras hablamos.
Simone no lo podía creer. Por lo que oía, habían asaltado su hogar y lo peor es que estaba en boca de todos y nadie hacía nada al respecto. El semáforo cambió a verde y mientras cruzaba la calle su mente recorría diferentes ideas acerca de qué hacer. Además de haberla abandonado su hombre, habían atacado a su hija y tratado de robar su propia casa. Debía llamarla de inmediato. Tomó su teléfono y marcó el número que ya se sabía de memoria; “98889082-. Apretó cada tecla con cuidado. Más le vale responder, no sé para qué tiene celular esta niñita.” Y nada. Cerró el celular y continuó caminando.
Se sentó en el cafecito que había llamado su atención. Mientras esperaba al camarero, sacó un libro de su cartera y sus lentes. Un poco de distracción no estaría mal. Seguro que su hija la llamaría de vuelta en seguida. Los empañó con su aliento y los limpió. Abrió el libro en donde había quedado y comenzó a leer:
“¿Por qué elegiste vivir así? Sin entregarte a nadie ni nada. ¿Por qué preferiste el estado de indiferencia? Siempre me dijiste que así estabas bien pero estar bien no es Felicidad. Ayúdame a entenderte mamá.”
Simone llevaba dos semanas leyendo ese libro, y estaba encantada con los personajes. Le recordaban su propia vida. Su propia vida… ¿Qué había sido su vida? ¿Su propia? ¿Su? ¿Había tenido algo así como una vida suya? Un extraño sentimiento de odio hacia sí misma la recorrió. Intentó sacárselo con un leve escalofrío. Por un momento sintió que no había vivido su vida. “Debe ser la edad”.
Ahora tenía cosas más importantes que pensar, como que su marido la había dejado, que habían entrado a robar a su casa, y que su hija no contestaba el teléfono.
El camarero atendió la mesa que estaba detrás de la suya y entró al cafecito en busca de la orden. Volvió al sector de las mesas, y dejó una carta sobre la suya. Se fue nuevamente y Simone se paró al baño. Necesitaba mojarse la cara. Al pasar junto a las otras mesas, escuchó al camarero hablar por su teléfono detrás de un enorme macetero de adorno.
Se asomó levemente.
-          Querida no te preocupes. Ya lo resolveremos. Cálmate. ¿¡qué dices!? ¿abortar? ¡Qué te has vuelto loca! Estamos juntos en esto. Tranquila por favor. Apenas salga del trabajo te llamaré. Pero hasta que llegue a la casa, te lo pido, no hagas alguna locura. Te amo.
“¿Abortar?” ¿Qué acaso su sobrina estaba loca? Simone que había dado todo por criarla correctamente desde que su hermana había muerto, que la consideraba como su propia hija, sentía que se le rompía el corazón de saber que había sido tan inconsciente como para tener relaciones con un chiquillo sin cuidarse, más aún, con un simple mesero. Y para el colmo,  podía ocurrírsele si quiera la horrorosa idea de abortar. Debía de ser un sueño.
Eran demasiadas malas noticias para un solo día. ¡En qué desgraciado minuto había decidido salir de la cama!
Volvió a su mesa con lágrimas en los ojos. Ya no estaba para estas cosas a sus 68 años. Solo quería un poco de paz y disfrutar de su familia. Buscó su teléfono y marcó nuevamente el número de su hija.
-          ¿Aló? ¿Margarita?- dijo con voz afligida.
-          ¿Mamá? Hola, mamá, ¿qué pasa? Estoy un poco ocupada ahora. ¿Es muy urgente?-.
-          Mi amor, no es urgente, pero ¡cómo es posible que hayan entrado a robar a la casa y no me hayas avisado nada! Escuché que intentaron atacarte-.
-          Mamá, no sé de qué estás hablando. Por favor no me digas que…-.
-          Querida, lo que me dices es un insulto. Cómo se te ocurre que descuidaría así de mi salud. Me desespera que me cambies el tema así-.
-          Entonces no sé porque hablas de un supuesto asalto-.
-          Mi amor, ¡todo el mundo habla de eso!-.
-          Mamá, ¡ya lo hemos hablado muchas veces! ¡No ha habido ningún asalto ni nada por el estilo!-.
-          Querida no me mientas, he tenido mucho por hoy, sabiendo además que tu papá me ha dejado. Necesito apoyo, no sermones.
-          Mamá. Esto no está bien. Enviaré a alguien que te recoja.
-          ¡Pero hija…!
Simone no entendía nada de nada. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Qué diablos le ocurría a su hija, que hacía necesario mentir? ¿Qué estaba ocultando?
Se acercó el camarero y le preguntó qué deseaba. “Un capuccino cargado con leche descremada, gracias”, le respondió Simone con los ojos rojos y llorosos. Se sentía mareada y perdida. La confusión era absoluta y decidió dejar de pensar en que su hija le estaba ocultando algo. Abrió nuevamente el libro que traía con ella. Página 146, desde donde había quedado.
“¿Por qué elegiste vivir así? Sin entregarte a nadie ni nada. ¿Por qué preferiste el estado de indiferencia? Siempre me dijiste que así estabas bien pero bien no es Felicidad. Ayúdame a entenderte mamá.”
“El que hayas elegido vivir a través de los demás, no es vida. Eres una oyente, mamá, una oyente y no una viviente. Es mejor morir que vivir inventando y creyendo vivir por medio de las experiencias ajenas. Esto va más allá de tu enfermedad.”
“Quiero verte bien, y vivir con miedo a vivir no es vivir, es sobrevivir.”
-          Señora- una voz la distrajo de su lectura.
-          ¿Ah? – Simone miró con ojos perdidos.
-          Su café- el camarero lo puso sobre la mesa.
-          Gracias, ¿se puede fumar?-.
-          Sí, enseguida le traigo un cenicero-. El mesero dio media vuelta y se alejó.
Simone prendió un cigarro y comenzó a fumarlo con placer. Empezó a mirar atrás. Atrás en sus años de juventud. Atrás cuando tenía ilusiones y planes y proyectos de vida. Atrás cuando creía en el amor. Atrás cuando tenía una vida. Atrás cuando al menos su hija y su familia le decían la verdad.
Aspiró nuevamente el cigarro que tenía entre sus dedos y se concentró en el libro sobre su regazo unos segundos. Pero fue en vano. Su mente comenzó a viajar hacia una parte de ella que sabía que su vida era vacía e inútil. No tenía muy claro por qué pero su inconsciente estaba seguro de ello. La pequeña parte racional que subsistía en su mente no se daba muy bien cuenta de aquello, sin embargo tenía el presentimiento de estar volviéndose un poco loca. Definitivamente su cordura no era la misma que hace unos 30 años.
Sintió una mano firme y ancha tomarla del brazo desde atrás y levantarla fuertemente pero sin brusquedad. “¿Qué rayos…?”
De reojo vio a un hombre alto y moreno de bata blanca. “Hospital central” rezaba el logo que llevaba en la solapa. “¿Pero qué están haciendo?”.
                                                                                                                                             ·                    
Se sentó en la terraza y cruzó las piernas. Izquierda sobre derecha. Prendió un cigarro, aspiró con fuerza y abrió su libro en donde lo había dejado; página 147.
“Es muy sutil la línea que separa el miedo de la enfermedad. El miedo a vivir puede incluso desatar una enfermedad. La mente es un órgano débil, mamá. Tanto miedo tuviste de tener tus propias emociones y de vivir por tu cuenta, que quedaste atrapada en la vida de los demás. Pero cuando no están los demás ¿Quién eres?”
“¿Quién eres cuando no estás escuchando las conversaciones de los demás?”
-          Simone-. Dijo una voz a su espalda-. Es hora de irse. Es hora de dejar que los demás vivan su vida y que tú dejes la tuya.-. Simone se sobresaltó y se volteó rápidamente. No había nadie ahí.
-          ¡Pero no alcancé a vivir la mía!-. susurró al aire con los ojos llenos de lágrimas y la voz quebrada.
-          Se acabó el tiempo. Especular sobre la vida no es vivirla. Si pudieras quedarte más tiempo, ¿quién serías de todos modos?-.
-          Nadie-.contestó con un hilo de voz. Vamos-.
Se paró como hipnotizada y caminando maquinalmente hacia algún lugar, se volteó para ver quien le había hablado. Pero solo pudo ver un cuerpo envejecido sin fuerzas, en una silla de terraza, con un cigarro a medio fumar en una mano, desolación en la otra, un libro abierto en el suelo, y la cabeza apoyada hacia atrás sobre el borde del asiento.

3 comentarios:

  1. Felicitaciones!!!! un cuento ágil,rápido con profundos pensamientos que comparto....y como acabo de leer transcribo el consejo que da Don Jaime Nubiola en su texto "La vida intelectual: pensar, leer, escribir":

    "Para aprender a escribir lo único indispensable es escribir mucho; con la paciencia infinita
    de un buey, pero también con su
    tenacidad"

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