sábado, 30 de junio de 2012

Sobrevivir a la Vida

Simone bajó la escalera lentamente, y entre la multitud se sintió terriblemente sola. Su mano ya envejecida se deslizó por la baranda de metal, y paso a paso llegó hasta la línea amarilla dibujada en el suelo. El vagón del metro se detuvo frente a ella, abrió sus puertas, y la turba indiferente ingresó en él. A empujones se desató una guerra para llegar a algún lugar. Tomó el asiento que un chiquillo le ofreció, y cerró sus ojos cansados.
-No lo entiendo. No sé por qué me ha dejado –la voz era de una profunda tristeza.
- No debes pensar más en él, no valía la pena y ambas sabemos que en realidad buscaba la satisfacción de verse bien acompañado – su amiga no sabía bien cómo ayudarla y optó por lo sano; decirle la verdad.
Simone acomodó sus piernas cruzadas, cambió la derecha sobre la izquierda. ¿Por qué la había dejado? No habían razones para eso, no tenía sentido. Pero era la realidad, él nunca la había merecido y lo que le decía su amiga era duro pero reconfortante. Por un momento se sintió como aquellas mujeres de películas antiguas que eran independientes y desafiaban el orden social.
Un pitillo agudo, el tercero de la mañana, le avisó que era su parada. Debía bajarse para caminar hacia algún lugar, ¿hacia dónde debía ir? Se puso de pie y salió. La gente se hizo a un lado para que pasara sin inconvenientes. Odiaba eso. Su corteza denotaba algo que ella no sentía. Seguía siendo pero la gente insistía en quitarle su ser. Se estaba desvaneciendo lentamente. Años antes había oído decir que las personas de su edad sólo observaban a sus semejantes. Y ella veía juventud en todas partes. Su vitalidad solo estaba limitada por su exterior.
Continuó pensando acerca de aquel tarado que tanto había querido y que la había dejado mientras caminaba por las calles del centro de la ciudad. Divisó un café a lo lejos y se dirigió hacia él.
El semáforo en rojo la detuvo unos minutos y escuchó a su lado a unos caballeros comentando acerca de una noticia reciente.
-          Es increíble que aquel hombre haya decidido entrar a esa casa con el objetivo de robar joyas de valor-.
-          ¿Qué necesidad habrá tenido?- respondió el otro.
-          Ninguna claramente. Era un hombre bien educado, con una profesión, con proyecciones. ¿Quién entiende las pretensiones personales de un loco? Porque obviamente era un loco-.
-          Quizás. Dicen que incluso atacó a una de las hijas de la familia dueña de la casa. ¿Y con qué fin? Vaya a saber uno-.
-          La sociedad va en decadencia. Y la justicia para qué decir-.
-          Un horror. Hoy leí que el tipo ese quedó libre porque pudo pagar la fianza. Con sistemas así no me siento seguro ni mientras hablamos.
Simone no lo podía creer. Por lo que oía, habían asaltado su hogar y lo peor es que estaba en boca de todos y nadie hacía nada al respecto. El semáforo cambió a verde y mientras cruzaba la calle su mente recorría diferentes ideas acerca de qué hacer. Además de haberla abandonado su hombre, habían atacado a su hija y tratado de robar su propia casa. Debía llamarla de inmediato. Tomó su teléfono y marcó el número que ya se sabía de memoria; “98889082-. Apretó cada tecla con cuidado. Más le vale responder, no sé para qué tiene celular esta niñita.” Y nada. Cerró el celular y continuó caminando.
Se sentó en el cafecito que había llamado su atención. Mientras esperaba al camarero, sacó un libro de su cartera y sus lentes. Un poco de distracción no estaría mal. Seguro que su hija la llamaría de vuelta en seguida. Los empañó con su aliento y los limpió. Abrió el libro en donde había quedado y comenzó a leer:
“¿Por qué elegiste vivir así? Sin entregarte a nadie ni nada. ¿Por qué preferiste el estado de indiferencia? Siempre me dijiste que así estabas bien pero estar bien no es Felicidad. Ayúdame a entenderte mamá.”
Simone llevaba dos semanas leyendo ese libro, y estaba encantada con los personajes. Le recordaban su propia vida. Su propia vida… ¿Qué había sido su vida? ¿Su propia? ¿Su? ¿Había tenido algo así como una vida suya? Un extraño sentimiento de odio hacia sí misma la recorrió. Intentó sacárselo con un leve escalofrío. Por un momento sintió que no había vivido su vida. “Debe ser la edad”.
Ahora tenía cosas más importantes que pensar, como que su marido la había dejado, que habían entrado a robar a su casa, y que su hija no contestaba el teléfono.
El camarero atendió la mesa que estaba detrás de la suya y entró al cafecito en busca de la orden. Volvió al sector de las mesas, y dejó una carta sobre la suya. Se fue nuevamente y Simone se paró al baño. Necesitaba mojarse la cara. Al pasar junto a las otras mesas, escuchó al camarero hablar por su teléfono detrás de un enorme macetero de adorno.
Se asomó levemente.
-          Querida no te preocupes. Ya lo resolveremos. Cálmate. ¿¡qué dices!? ¿abortar? ¡Qué te has vuelto loca! Estamos juntos en esto. Tranquila por favor. Apenas salga del trabajo te llamaré. Pero hasta que llegue a la casa, te lo pido, no hagas alguna locura. Te amo.
“¿Abortar?” ¿Qué acaso su sobrina estaba loca? Simone que había dado todo por criarla correctamente desde que su hermana había muerto, que la consideraba como su propia hija, sentía que se le rompía el corazón de saber que había sido tan inconsciente como para tener relaciones con un chiquillo sin cuidarse, más aún, con un simple mesero. Y para el colmo,  podía ocurrírsele si quiera la horrorosa idea de abortar. Debía de ser un sueño.
Eran demasiadas malas noticias para un solo día. ¡En qué desgraciado minuto había decidido salir de la cama!
Volvió a su mesa con lágrimas en los ojos. Ya no estaba para estas cosas a sus 68 años. Solo quería un poco de paz y disfrutar de su familia. Buscó su teléfono y marcó nuevamente el número de su hija.
-          ¿Aló? ¿Margarita?- dijo con voz afligida.
-          ¿Mamá? Hola, mamá, ¿qué pasa? Estoy un poco ocupada ahora. ¿Es muy urgente?-.
-          Mi amor, no es urgente, pero ¡cómo es posible que hayan entrado a robar a la casa y no me hayas avisado nada! Escuché que intentaron atacarte-.
-          Mamá, no sé de qué estás hablando. Por favor no me digas que…-.
-          Querida, lo que me dices es un insulto. Cómo se te ocurre que descuidaría así de mi salud. Me desespera que me cambies el tema así-.
-          Entonces no sé porque hablas de un supuesto asalto-.
-          Mi amor, ¡todo el mundo habla de eso!-.
-          Mamá, ¡ya lo hemos hablado muchas veces! ¡No ha habido ningún asalto ni nada por el estilo!-.
-          Querida no me mientas, he tenido mucho por hoy, sabiendo además que tu papá me ha dejado. Necesito apoyo, no sermones.
-          Mamá. Esto no está bien. Enviaré a alguien que te recoja.
-          ¡Pero hija…!
Simone no entendía nada de nada. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Qué diablos le ocurría a su hija, que hacía necesario mentir? ¿Qué estaba ocultando?
Se acercó el camarero y le preguntó qué deseaba. “Un capuccino cargado con leche descremada, gracias”, le respondió Simone con los ojos rojos y llorosos. Se sentía mareada y perdida. La confusión era absoluta y decidió dejar de pensar en que su hija le estaba ocultando algo. Abrió nuevamente el libro que traía con ella. Página 146, desde donde había quedado.
“¿Por qué elegiste vivir así? Sin entregarte a nadie ni nada. ¿Por qué preferiste el estado de indiferencia? Siempre me dijiste que así estabas bien pero bien no es Felicidad. Ayúdame a entenderte mamá.”
“El que hayas elegido vivir a través de los demás, no es vida. Eres una oyente, mamá, una oyente y no una viviente. Es mejor morir que vivir inventando y creyendo vivir por medio de las experiencias ajenas. Esto va más allá de tu enfermedad.”
“Quiero verte bien, y vivir con miedo a vivir no es vivir, es sobrevivir.”
-          Señora- una voz la distrajo de su lectura.
-          ¿Ah? – Simone miró con ojos perdidos.
-          Su café- el camarero lo puso sobre la mesa.
-          Gracias, ¿se puede fumar?-.
-          Sí, enseguida le traigo un cenicero-. El mesero dio media vuelta y se alejó.
Simone prendió un cigarro y comenzó a fumarlo con placer. Empezó a mirar atrás. Atrás en sus años de juventud. Atrás cuando tenía ilusiones y planes y proyectos de vida. Atrás cuando creía en el amor. Atrás cuando tenía una vida. Atrás cuando al menos su hija y su familia le decían la verdad.
Aspiró nuevamente el cigarro que tenía entre sus dedos y se concentró en el libro sobre su regazo unos segundos. Pero fue en vano. Su mente comenzó a viajar hacia una parte de ella que sabía que su vida era vacía e inútil. No tenía muy claro por qué pero su inconsciente estaba seguro de ello. La pequeña parte racional que subsistía en su mente no se daba muy bien cuenta de aquello, sin embargo tenía el presentimiento de estar volviéndose un poco loca. Definitivamente su cordura no era la misma que hace unos 30 años.
Sintió una mano firme y ancha tomarla del brazo desde atrás y levantarla fuertemente pero sin brusquedad. “¿Qué rayos…?”
De reojo vio a un hombre alto y moreno de bata blanca. “Hospital central” rezaba el logo que llevaba en la solapa. “¿Pero qué están haciendo?”.
                                                                                                                                             ·                    
Se sentó en la terraza y cruzó las piernas. Izquierda sobre derecha. Prendió un cigarro, aspiró con fuerza y abrió su libro en donde lo había dejado; página 147.
“Es muy sutil la línea que separa el miedo de la enfermedad. El miedo a vivir puede incluso desatar una enfermedad. La mente es un órgano débil, mamá. Tanto miedo tuviste de tener tus propias emociones y de vivir por tu cuenta, que quedaste atrapada en la vida de los demás. Pero cuando no están los demás ¿Quién eres?”
“¿Quién eres cuando no estás escuchando las conversaciones de los demás?”
-          Simone-. Dijo una voz a su espalda-. Es hora de irse. Es hora de dejar que los demás vivan su vida y que tú dejes la tuya.-. Simone se sobresaltó y se volteó rápidamente. No había nadie ahí.
-          ¡Pero no alcancé a vivir la mía!-. susurró al aire con los ojos llenos de lágrimas y la voz quebrada.
-          Se acabó el tiempo. Especular sobre la vida no es vivirla. Si pudieras quedarte más tiempo, ¿quién serías de todos modos?-.
-          Nadie-.contestó con un hilo de voz. Vamos-.
Se paró como hipnotizada y caminando maquinalmente hacia algún lugar, se volteó para ver quien le había hablado. Pero solo pudo ver un cuerpo envejecido sin fuerzas, en una silla de terraza, con un cigarro a medio fumar en una mano, desolación en la otra, un libro abierto en el suelo, y la cabeza apoyada hacia atrás sobre el borde del asiento.

lunes, 21 de mayo de 2012

Felicidad


Especular sobre la felicidad no hace feliz. Es solo un refugio; es creer que se la puede alcanzar pensando en ella, por miedo a vivir la vida.
El camino de la felicidad es un camino difícil. 

jueves, 12 de abril de 2012

Día Normal Conmigo.


"El que no está loco, o es tonto o pillo".
 M. de Unamuno.

"Yo me pregunto:
¡¿Dónde están los locos?!
¡Estoy harto de los pillos y de los tontos!"
A. Awad


En estos momentos me siento fuera de mí. Loca, rara, sola. Necesito hablar con alguien pero no sé con quién. No quiero importunar a la gente que quiero, que me conoce, con mis desvaríos; pero tampoco quiero abrirme ante alguien nuevo y botar así mi intimidad al basurero. Quiero gritar, pero ya no. O mejor sí. Quizás no. Decido y me arrepiento. 

Quiero evadirme de todo lo que me rodea, y sacar todo lo que está dentro y me hace daño. Pero no puedo. Mañana voy a despertar y voy a seguir en mí; sí, porque quizás yo misma soy el problema. Si pudiera dejar de estar en mí, todo se solucionaría. Si pudiera callar a esa voz idiota que habla y me dice cosas extrañas, obsesivas; que no me dice la verdad. Nada de esto tiene sentido. Quisiera matar esa parte de mí que me impone etiquetas y modos de autoconsiderarme... que "estoy loca", por ejemplo.

Pero eso ya lo sé. No quiero seguir escuchando, pero no me callo. ¿Y si todo se soluciona con un maldito especialista, un maldito sicólogo o un maldito loco como yo que me quiera escuchar? Pero quién quiere dar ese paso. 

Cuando mañana lea esto no me hará sentido porque no soy yo quien lo escribe. ¿Y si estoy poseída? Poseída con la rabia, la ira, la soledad. Pero mejor no pienso en eso, me da terror que fuese verdad. ¿Pero si Dios no me ayuda y hay cosas que me sobrepasan? Como mi locura...

¿Qué es lo normal?

viernes, 6 de enero de 2012

Política

La estructura del Estado es menos importante que el clima de las relaciones humanas. Las personas nobles hacen tolerable cualquier sistema político; cuando son egoístas e irritables, incluso la más amplia democracia se hace insoportable. Si en los seres humanos no existe justicia y honradez, ello se traslucirá en cualquier régimen. La vida política no es el aspecto esencial del ser humano; la política no es una ocupación que desee desempeñar la mayoría. Cuanto más amplia sea la vida política del país, más pierde la vida espiritual. La política no debe absorber las fuerzas espirituales y el ocio creador del pueblo. Además de sus derechos, el ser humano necesita salvaguardar su alma, liberarla para la vida del espíritu y de los sentimientos 

(Alexander Solzhenitsyn, Cómo reorganizar Rusia. Reflexiones en la medida de mis fuerzas, Tusquets, Barcelona, 1991, págs. 63-64).

lunes, 2 de enero de 2012

Amor.

Todo ser humano es un servidor de Dios; por eso no debiera atreverse a pertenecer a nadie en el amor a no ser que en el mismo amor pertenezca a Dios, y no debiera atreverse a poseer a nadie en el amor a no ser que él y la otra persona pertenezcan a Dios en el mismo amor; un ser humano no debe atreverse a pertenecer a otro como si el otro lo fuera todo para él; y un ser humano no debiera atreverse a permitirle a otro que le perteneciese a él de un modo en que él lo sea todo para la otra persona.

                                                            Soren Kierkegaard, Works of love

domingo, 21 de agosto de 2011

Frases Sueltas I

"Escribí unos cuentos. Cuando ya no esté quiero que los leas. Están mal escritos, pero eso me tiene sin cuidado; yo no quería ser un gran escritor, quería decir cosas de valor"

                                                                                                                                                       J.L-P.S.

miércoles, 6 de julio de 2011

Eterno Presente

Eterno Presente

I
“El pensamiento no nace en la boca
Nace en el corazón del corazón”
                                                      Nicanor Parra
Manifiesto

Y desperté. Ahí estaba yo, con el corazón en la mano dispuesta a entregarlo, a venderlo a quien fuera que lo quisiera recibir. Solo eso quería: amor. Tal vez mi personalidad lo exigía, mi forma de ser; apasionada y tormentosa, necesitaba amor y lo que el innombrable me había hecho me había destruido. O tal vez sólo exageraba. Entonces perdí el dominio sobre mi vida. ¿Puede un tonto enamoramiento de adolescente hacerte perder el control de la vida? Existe eso o solo son las películas. Porque yo existo y mi historia también, o tal vez no existo, o tal vez mi vida es una película cruel, o una realidad absurda.
Pero un corazón torturado puede salir adelante escribiendo…sí, escribiendo es como se deja atrás todo…o se comparte con el mundo sin tener que enfrentar el cara a cara.

¿Pueden las circunstancias de la vida, la gente que uno conoce, cambiar el rumbo de la vida cuando ésta apenas ha comenzado?
                                                                                                                   
A veces siento que el corazón no es el mejor lugar desde donde deba contarlo todo. Seguramente no hay un lugar desde donde una persona tan complicada como una adolescente pueda sentirse cómoda para abrirse a los demás. Pero seguramente, los adultos tampoco lo han encontrado, y los ancianos tampoco. Yo creo que ese lugar ideal no existe.

Miré a mi alrededor, me sentí mareada. Fue una pesadilla. Menos mal; no podría haber soportado saber que en realidad había perdido algo tan importante así, con alguien tan insensible, en una relación tan efímera. Ni que me habían traicionado de esa forma a propósito de lo ocurrido. A pesar de que era un sueño, o mi inconsciente me obligaba a reconocer todo lo ocurrido como tal, me sentía sola. Amigos, novios, familia, gente… y al final solo estaba yo. ¿Egoísmo o soledad? ¿Casualidad o destino?

En el último tiempo había sentido como si tocar fondo no era más que saltar de escalón en escalón hacia algo más bajo aún, como si en realidad aquel fondo que me haría recapacitar no existiera.
Me hubiese gustado despertar y ser otra: vulnerable, débil, en quien la gente no pudiera esperar demasiado. ¡Qué triste que no sea el caso! Siendo la hija brillante, perfecta, con buenas notas, buena familia, buena situación, ¿Quién pensaría de mí como una adolescente descontrolada? Podría cerrar los ojos y dormirme para siempre pensando que soy otra y vivir para ese mundo paralelo.

Todo es culpa de ese muro que he construido, que han construido los demás en torno a mí, que no me defiende, sino me oculta y muestra una imagen de mujer sólida, con valores, fuerte, que no llora, de la que todos pueden esperan sino lo mejor. Y que, por supuesto, está absolutamente preparada para enfrentar la vida. Si supieran que esa persona no existe, que es solo producto de la imaginación de aquellos que la idealizaron. Solo es eso; una idea.

Hoy día intenté hablar con mi papá. Conversamos un poco. Más bien fue un monólogo, pero yo lo entiendo: sus monosílabos no significan que no me quiera, está claro que no es eso. El pensamiento típico de mi edad -nadie me quiere o entiende-, pasó de moda hace años. No, yo entiendo; él está cansado, estresado. El trabajo, las reuniones, y los problemas de adultos. A veces pienso que la adolescencia no es una etapa circunscrita a una edad determinada.

Adolecer significa sufrir, y no he conocido jamás a alguien que no sufra. Pensar que hasta el sentimiento más alto, o eso dicen, que es el amor, va de la mano del dolor. A veces pienso que debería ser yo la que tendría que estar ahí para mi papá y decirle que no se preocupe, que un problema no es el fin del mundo. Pero no puedo. Soy una adolescente, tengo 17 años; aunque tuviese la razón, no me incumbe, como dirían los mayores.

Los hombres mismos hacen que la vida sea ardua. El mundo no es difícil, no es complicado: los hombres lo son. El mundo no es triste, los hombres son quienes lo hacen gris. He estado buscando la gente buena, los hombres que valen la pena, pero no los encuentro. He cambiado los canales de la televisión y no los veo. He leído diarios, revistas y ahí tampoco están. 
II
“Hierbecita temblorosa
Asombrada de vivir”
Gabriela Mistral
Apegado a mí, Canciones de Cuna, Ternura

Ahora que lo pienso he vivido tantas cosas. Me habría gustado ir más lento, cada cosa en su momento. Pero siempre fui adelantada: caminé antes que nadie, mis primeros dientes salieron muy anticipadamente y para que decir mi primera palabra.

Mis amigas veían dibujos animados y caricaturas, yo, en cambio, series importadas directamente de USA con esas risitas envasadas, y tramas fuertes para reflejar lo “terrible de la juventud hoy en día ”. Ahora que yo soy la juventud de hoy en día pienso que esa frase cliché es una simple muletilla: la juventud siempre fue igual, y ese pensamiento pesimista únicamente contribuye agrandar aún más esa temible brecha generacional entre algún adulto que quizás lea esto y yo. O entre yo misma y mis hijos en el futuro.

Pero, ¿Cómo llegué a este punto de soledad y tristeza? Mi teoría final: yo misma lo busqué o el destino lo preparó especialmente para mí. Incluso puede ser que estaba escrito desde le eternidad. Fue una cadena de sucesos que me hicieron ser lo que soy y ya no hay vuelta atrás. Maravillarme con dejar atrás la infancia, para comenzar a tomar mis propias decisiones… salir de la seguridad del hogar, y enfrentarse a las luces, la ciudad, la vida nocturna. Salir con ese tipo que nunca quise pero que me encantó. Luego, en un abrir y cerrar de ojos, darme cuenta de lo que había perdido. Crecer, crecer, ¿Crecer? ¿Qué es eso? Solo una medida corporal. En la mente uno no crece ni madura: simplemente va juntando un enorme acervo empírico que lleva a forjar una cierta personalidad, y después de un tiempo las experiencias más duras se van eliminando o tergiversando y se puede decir en paz, sin darse cuenta del autoengaño; “dejé eso atrás”, o bien, “ya maduré”.

Lo terrible hoy en día no es la juventud. Es la sociedad. Son los adultos. Ellos publicitan un mundo sensual, donde antes que la abstinencia están los preservativos, antes que la razón, están los sentimientos, antes que el amor (del verdadero, de la voluntad), está el placer. Y eso no importa, no es mi punto, ni mi tesis a defender, todo eso me da igual; que publiciten lo que quieran y que quienes opten por eso lo hagan libremente. Pero luego pregunto ¿Y ahora qué? ¿Quién de esos adultos va a acompañarme, a sacarme de esta soledad y tristeza, quién de ellos va a llenar el vacío?

Todo esto es un sinsentido; fue mi culpa al fin y al cabo. Pensé que esa era la mejor manera de sentirme querida. Pero los “penséque” y “creíque” no sirven de mucho en la vida real, suponiendo que todo esto es real. Y no parece serlo: haber perdido mi inocencia así, dejar de ser la que era sin haberlo deseado me hizo desvanecer. Siento como si todo esto fuese ficticio y ya hubiese dejado de existir.

Y yo no tomo. Nunca. Por ley no bebo alcohol, pero paradójicamente me encuentro castigada hasta nuevo aviso debido a que me escapé hace unos días, salí y tomé con el estómago vacío. Seguiría con la historia de mi “hazaña nocturna” pero no recuerdo qué ocurrió después. Podría inventar un final. Podría invocar a una musa griega o algún dios fogueado en el tema: Dionisio tal vez me ayudaría. Pero luego desperté, y comenzaron mis cavilaciones y aquí estoy en medio de la nebulosa que llaman conciencia, razón; quién sabe. ¿Y qué hago escribiendo pensamientos íntimos? Sigo siendo una adolescente, no soy tan profunda como podrían pensar; simplemente escribir me alivia casi tanto como un cigarro suave junto con la puesta de sol, o como leer una buena novela, tan buena que los personajes rápidamente instalan una cómoda silla para mí, en una pequeña esquina para que pueda disfrutar la trama de más cerca aún.

Y todo porque en un año pasé de un hombre a otro. Sin tener tiempo de olvidar al primero, conocí al segundo, y ya estaba con el tercero, conociendo a la familia del cuarto. Y ese día colapsé, me serví un vaso de no sé qué “trago“, y pensé: esto era exactamente lo que necesitaba para olvidar todo. Y todos mis pensamientos eran un torbellino. Comencé a esfumarme, a dejar atrás mi realidad. Mejor sola que mal acompañanda, si al final me di cuenta de que por donde voy hago daño, y que después de todo tal vez no sea adolescencia sino locura, y esa personalidad impulsiva no sea una etapa sino carácter y temperamento natural en mí. ¿Y la libertad qué? Si lo que me sucede está mal y lo que elijo, también. Tan voluble, tan cambiante. Yo misma creé mi soledad. Y la creé tan bien que debería sentirme orgullosa. Pero no, los seres humanos necesitamos de la sociedad. O tal vez yo no sea humana o en ese instante haya dejado de serlo.

III
“¿Quiénes están muriendo y quiénes nacen
Mientras mi pluma corre en el papel?”
Vicente Huidobro
Canto IV, Altazor

Después de todo, esta es la vida, que transcurre, y no hay otra. Soy lo que fui y seré lo que soy. Mis experiencias son estas, y luego ¿Qué? Solo soy un personaje de un cuento loco, una historia rápida  y mi vida acaba con estas líneas. Si mi dueño decide dejar de escribir… ¿A dónde iré?

Iré a un más allá, al mundo real de los filósofos, a lo que en realidad es. A ese mundo ideal platónico. Porque quizás soy solo una idea y allí es donde pertenezco. Saldré de este mundo aparente. Sí. Saldré de esta hoja, de este trozo de papel, de estas palabras que me tienen atrapada. Que me controlan. Que manipulan mi destino.

Si cada una de estas letras se entrecruzara, o se mezclaran, ¿Mi historia sería diferente? ¿Quién soy? ¿Qué soy? No soy. No puedo ser. Soy un personaje. Y si mi ser es ficticio, mi sufrimiento también. Pero, ¿Cómo puede ser que lo que siento no sea, si lo estoy sintiendo? Y si soy una idea, entonces las ideas también sienten, las ideas también son. Quizás las ideas son lo único real, y ese ser de carne y hueso que me escribe o me lee no es sino un ser mecánico e indiferente.

Tal vez soy un alma dispersa y no he encontrado mi lugar. He abandonado mi cuerpo, o éste me ha dejado en libertad, pero no ha sabido diferenciar aquella del libertinaje y aquí me encuentro como un espíritu perdido, divagando por estas páginas.

¿Han visto algún desalmado rondando las calles? Tal vez sea yo, mi otra parte. ¿Cómo hacer para que me lea? Podría usted, sí, usted que está mirándome sin verme, llevarme ahí donde la gente se siente vacía por dentro. Yo tengo pasiones, deseos, sentimientos, voluntad. Yo puedo ser el alguien de alguien. Pero quién irá a tomarme en cuenta… si solo soy una adolescente, solo soy una idea. No pasará. No encontraré mi lugar en este mundo. No seré parte de la masa ni encajaré en un estereotipo. Esta hoja acabará y ya no tendré existencia.

¿El lenguaje crea? Porque yo estoy existiendo ahora gracias a él. Pero la historia se acaba. Mi vida se termina y aún no ha comenzado. Si usted intentara volver a la primera línea y leer nuevamente, podría darme unos minutos más de vida. Tal vez si lo hiciera con otra actitud o con otro ritmo de lectura, mi historia sea diferente y tenga un final feliz; pero ¿Cómo? Supongo que si ya está escrita, nada puede cambiar. El destino inexorable quedará inexorable para mí.

Mi existencia ya no es superada por las fuerzas de la naturaleza ni por la tecnología, como se ha pensado a lo largo de la historia. Mi existencia la supera mi propia existencia, me sobrepasan mis pensamientos y mis palabras: me consumen pero a la vez me sostienen.

A través de la historia el hombre se ha autodestruido, y ha sido una conducta perseverante, digna de admiración. No sólo la juventud se autodestruye: todos se suman a este movimiento; los individuos y las masas. Y cuando la destrucción física ya no es suficiente, no hay que preocuparse: la destrucción moral llega de inmediato para así continuar con el ciclo normal de la vida.

Y por eso mismo destruiré mi historia, dejaré de escribir. Los pensamientos dejarán de fluir por mi cabeza y mi mente se apagará en el minuto que escriba el punto final. Así seré consecuente con mi naturaleza humana y seré yo la causa de mi muerte, seré el superhombre de Nietzsche. O mi inconsciente freudiano hará su parte y me obligará a detener todo esto.

Es mi elección, creo. No me queda otra posibilidad sino elegir mi obligación. Los hombres son creados para encontrar la verdad, la felicidad, el bien, la belleza; para encontrar el amor. Y yo, ¿Para qué fui creada? Para rellenar estos escritos, para desahogarme con el aire, para encontrar la catarsis conmigo misma y liberarme al fin.

Seré una adolescente eterna, mi ser no asumirá jamás dejar atrás la juventud, y con cada lectura naceré y moriré una y otra vez. No habrá pasado ni futuro, solo el eterno presente.

Y desperté. Ahí estaba yo, con el corazón en la mano… sintiendo que todo esto ya lo había vivido. Tomé mis pensamientos, y los esparcí sobre la mesa decidida a escribir lo que sentía. Decidida a inmortalizar mi ser en un hoja. Comencé con los pedazos más pequeños a armar lentamente lo que habían sido mis experiencias hasta ahora, el rompecabezas de mi vida.