Mostrando entradas con la etiqueta cuentos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuentos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 10 de abril de 2019

Rivales

Ese cuatro de octubre, ella llegó agotada del hospital. Por suerte a último minuto se habían hecho algunos cambios y se había librado del siguiente turno. Se duchó y se metió a la cama. José no sabía que Marcela volvería temprano, pero dormirse con la cama para ella sola sin la molestia de una luz encendida y de él leyendo algún artículo intelectualoide, era muy tentador. “Además hoy le corresponde quedarse hasta tarde tomando pruebas en la Uni…”, pensó Marcela mientras se le cerraban los ojos.

A eso de las ocho, extrañamente Marcela despertó de un salto, como si recordara algo, acechada por la idea de que no sabía dónde José guardaba la pistola. No terminó siquiera de formar esa pregunta en su mente somnolienta cuando escuchó ruidos en el primer piso. “Mierda, mierda, no puede ser”, pero sí, definitivamente era. Aguantó la respiración y sintió inconfundibles murmullos, pasos y electricidad recorriendo su cuerpo. “No, no, no” se repetía, “sola no, por favor”.

La imagen de los cinco tipos rebuscando en su clóset, los gritos, el dolor en las muñecas atadas, las súplicas, el desorden final, no la dejaban vivir. Desde ese día Marcela no había vuelto a dormir tranquila aun cuando José había procurado por todos los medios calmarla. En las noches él intentaba acariciarle el cabello, pero ella no se dejaba tocar. Intimidad, ni hablar.

Fue tanto lo que “eso” había cambiado todo para peor, que por una mezcla de miedo e insomnio de meses, la pareja decidió comprar un arma. Algo sencillo de usar, legal, que los pudiera proteger si algo así volviera a ocurrir. En realidad, José confiaba en el efecto placebo que ello podía tener en Marcela.

Esa noche, desesperada registró la habitación en busca de la pistola. Armario, entre colchones, repisas, armario de nuevo, hasta que en la parte superior de la cómoda, vio una cosita de metal reluciente. Su alivio de encontrarla se esfumó al instante cuando vio que se trataba del cortaplumas de José.

Sin importarle no tener el arma, que siendo honesta tampoco sabía cómo usar, el pánico la envalentonó y bajó por las escaleras, escuchando atenta. Por los pasos que sentía, se trataba de dos personas, sin duda. Se escuchaba que hablaban, ¿o reían? No podía decir bien. Siguió avanzando hasta la puerta entre comedor y cocina. Veía las siluetas. Aunque había olvidado sus lentes, eran dos personas en su cocina, lo juraba por las cenizas de su madre, y eso era lo único que necesitaba saber.

No alcanzó a tomar una decisión cuando en ese momento las sombras se abalanzaron hacia el comedor justo donde Marcela estaba de pie y todo ocurrió demasiado rápido; lanzó un grito, su brazo hacia adelante, siguió chillando, sintió la hoja de metal atravesar carne y un cuerpo inerte caer a sus pies.

Se encendió la luz. Marcela temblaba. El cortaplumas flotaba sobre rojo. No acababa de entender. “¿Quién coño es ella?” preguntó. José tenía la cara desfigurada de ¿miedo? ¿pena? ¿ira?... “No es lo que parece”, dijo arrodillándose junto al cadáver. “¿Qué has hecho, Marcela?”. Ella lo perforó con la mirada. Notó el labial en su camisa. Levantó el cuchillo hacia su rostro.

Él se puso de pie e hizo un ademán hacia su bolsillo trasero. “¿Segura de lo que haces, Marcela?” Irguió la espalda a la vez que encajaba en el cinto de su pantalón el cañón de metal. Marcela aguantó por segunda vez en esa noche la respiración. Ahí estaba la puta pistola.




***

Publicado también en https://clubdeescritura.com/?p=2384831 

jueves, 28 de diciembre de 2017

JEAN

Publicado también en: https://clubdeescritura.com/?p=968834

Emigrar fue, por lejos, la peor idea de Jean. Peor que cuando decidió desayunar ese par de huevos que llevaban un mes en el frigorífico y peor que cuando hizo el amor con Marilú sin protección. Emigrar fue, por mucho, la peor de todas sus ocurrencias.
Si se puede decir algo en defensa del país al que llegó, Jean no hablaba correctamente el idioma ni tenía un aspecto demasiado agradable: le faltaban dos dientes y su rostro moreno tenía un par de cicatrices mal cosidas, lo que justificaba –ante los ojos nacionales– el trato hostil del que era merecedor.
Ilusionado emigró desde el calor de su tierra para llegar a comienzos del verano, buscando temperaturas familiares para “facilitar el cambio”, según le aconsejaron. Al final, la encrucijada por una vida mejor no fue otra cosa que el verano más largo e infeliz de su vida. «Daría todo por un poco de frío», reflexionaba más tarde, culpando a los treinta y siete asfixiantes grados de su nueva ciudad de todos sus males.
Alcanzó a estar un par de meses en su nueva nación sin llegar a recibir ese añorado primer invierno. Bajo la sequedad aplastante, Jean se las arregló para hacer una cantidad increíble de cosas, como si del mejor verano de su vida se tratase.
Dio conciertos a miles de personas que, apuradas por llegar a sus trabajos, se detuvieron a oírle (seguro no tuvieron otra opción); consiguió suficientes envoltorios como para tapizar de colores todas las paredes de su cuarto y hacerla acogedora, e incluso, pensó en iniciar su propia empresa de reciclaje; probó las frutas más deliciosas y durmió bajo la sombra de robustos árboles aprovechando algún descuido del supervisor.
Jean intentaba mantener el espíritu en alto frente a la cuesta imposible que ante él se elevaba: atrapado en un cubículo de cemento que le costaba más de lo que ganaba, en una habitación hacinada sobre y bajo miles iguales, alineadas hacia el cielo –¡vaya paradoja!– en una ciudad horrible y gris. Muchas noches rezaba hecho un óvalo sobre el colchón hasta dormirse y muchas otras solía preguntarse cuál era el sentido de su travesía.
Sin embargo, la angustia ante las súplicas sin respuesta y la búsqueda de un propósito no eran nada en comparación al sentimiento de rechazo: ese fue el fantasma que lo persiguió durante todo el tiempo que estuvo en su nuevo hogar, fantasma que lo acompañó hasta que su verano terminó abruptamente.
Quizá tuvo suerte de nunca abrazar el invierno que tanto ansiaba conocer. «De lo que se salvó», pensaron sus amigos meses más tarde: varios de sus compañeros de viaje sí lo soportaron y más de alguno dejó este mundo en medio de tristeza, edredones viejos, techos de lata y lluvia helada recorriendo la nuca torcida.
Pero Jean no era una persona con suerte. No fue el frío, sino otro destino el que su nuevo país le había preparado la tarde del veinte de marzo a las seis, en el autobús camino a casa luego de otro largo día de intentos de trabajo.
–¡Me han robado! –comenzó a gritar una mujer que viajaba junto a él, mirando de un lado a otro con su cara huesuda–. ¡Me han robado!
–¡Silencio! –exclamó alguien irritado desde el fondo del bus.
–Señora cálmese. ¿Qué ocurre? –preguntó desde el frente el conductor.
–¡Le digo que me han robado! –chillaba tocándose los bolsillos con histeria–. ¡Mi teléfono! ¡No está!
–¡Silencio, señora! –vociferó fuertemente el conductor y todos los pasajeros se miraron–. Alguien llame a la señora, por favor. ¿Señora? Diga su número –prosiguió el conductor algo más calmado.
Al interior del transporte la tensión iba en aumento debido a los gritos agudos de la señora y las voces sobreponiéndose a ella en el intento de acallarla. Varios registraban sus propios bolsillos y la mujer rogaba que alguien discara su número para descubrir al delincuente con las manos en la masa.
Justo en el momento en que el teléfono empezó a sonar apareció en el suelo del autobús patinando sobre la carcasa plástica. El delincuente se había librado por los pelos. O tal vez la señora lo había dejado caer en un descuido. Fue Jean quien lo vio deslizándose de un lado a otro y orgulloso lo apuntó.
–Ahí está –balbuceó, pero había demasiada gente. Se agachó a recogerlo y lo entregó a la señora quien, para su sorpresa, comenzó a increparlo.
–¡Él lo cogió! ¡Ladrón!­ –acusó a Jean–. ¡Inmigrantes repugnantes! ¡Vienen aquí a robar! –los pasajeros asentían.
–¡Son violentos! ¡Ladrones! –voces anónimas se sumaban al altercado.
–¡Vienen a quitarnos lo que es nuestro!
–¡¡Son ladrones y asesinos!! ¡Bájenlo!
–¡Sí! ¡Fuera, ladrón! –sentenció la mujer. Jean no entendía lo que ocurría, pero para algunas cosas sobran las palabras: sintió todos los rostros volteados hacia él despreciándolo.
–Yo no, madame, yo no … su fono. –El español entrecortado de Jean solo empeoró la situación y la muchedumbre le impidió explicarse.
Los pasajeros gritaban enardecidos. El conductor no podía detenerse en medio de la carretera y a los pocos minutos, la paciencia se agotó. Lo golpearon con puños y piernas, mientras una joven gritaba desde su asiento que la ley protegía a los que se defendieran de los inmigrantes. Todos le daban la razón, a pesar de lo improbable que parecía la cita legal.
–¡Denle su merecido!
–¡Ladrón!
Cuando por fin se abrieron las puertas en la parada, la multitud lo empujó fuera como si de un bulto se tratara, abandonándolo en medio de una calle desconocida en una comuna desconocida de un país desconocido. Su cuerpo aguardó pacientemente, y no fue hallado sino semanas más tarde, bajo un montón de hojas y colores otoñales.
–De lo que se salvó –repetían los compañeros de Jean una y otra vez durante la vigilia celebrada en su memoria, consolándose mutuamente entre el castañeo de dientes, abrazados bajo mantas agujereadas a la luz de las velas–. De lo que se salvó.

Concurso Historias de Familia

Publicado también en: https://clubdeescritura.com/?p=720469 

EL CUMPLEAÑOS DE JOSELITO

Un azote sorpresivo en la mano de Joselito, que deambulaba ciega por la mesa, lo llevó a esconderla en cuestión de segundos en la fortaleza que había allí debajo. Se cogió los dedos con una mueca de dolor y los ojos vidriosos.
Esperó un par de minutos y se asomó lentamente por el espacio existente entre el mantel y el suelo. Movió con sigilo su cabeza a la izquierda, luego a la derecha… pero ya era demasiado tarde. La Vieja Candelaria lo tomó de una oreja y lo arrastró al centro del salón.
–¡Pensabas que nadie te vería! ¿A que sí? ¡Niño malcriado! –dijo alzando el brazo hasta donde el hombro le permitía.
–¡No, Vieja! Por favor, no he hecho nada –suplicó Joselito escondiendo la cabeza entre sus rodillas.
–¡Te vi hacerlo! Ven aquí, ¡rata!
La Vieja Candelaria lo tomó de donde pudo, tirando de su suéter de lino y resoplando, mientras Joselito intentaba librarse lloriqueando por clemencia.
–Mire ¡mire Señora! ¡Véale! Lleno de chocolate. Le vi en el momento preciso ¿sabe? Habrá que darle su merecido. –La Vieja ubicó a Joselito frente a su madre, sudando furiosamente.
–Vamos, Candelaria, tranquilícese primero. Déjelo ir. –El niño, con la boca todavía llena de restos se soltó y corrió al regazo de su madre.
–Mamá, yo no fui, lo prometo. ¡Fue Lili! La Vieja dijo palabras muy feas ¡dijo “mierda”, mamá!
Clara, quien momentos antes de que esa multitud belicosa irrumpiera en su habitación, peinaba su cabello con decoro y mucha laca, miró a la Vieja Candelaria y a su hijo suspirando.
–Candelaria, no tiene por qué ponerse así y menos en el cumpleaños del niño –los ojos de la Vieja empezaron a desorbitarse–. Pero –la Vieja devolvió su mirada al tamaño normal–, no debes comerte lo que hemos preparado para los invitados –dijo Clara ahora mirando a su hijo.
–Mamá, fue Lili, lo juro.
–Querido, no tienes que mentirme, no pasa nada. Por favor dejen ya tú y tu hermana de comerse las galletas. ¿Acaso quieres que tus amiguitos no puedan probarlas? –lo reprendió simulando severidad.
–Bueno, mamá, lo siento –dijo Joselito mirando la punta sus zapatos de fiesta, avergonzado.
Lili todavía se ocultaba bajo la mesa, con el vestido marinero que la abuela le había regalado en Navidad completamente sucio con migajas y chocolate. Cuando Joselito había sido arrastrado fuera de la guarida por la Vieja Candelaria, ella se mantuvo inmóvil y en silencio. Contuvo la respiración lo suficiente y luego aprovechó para comerse el botín que le había costado a su hermano el buen golpe.
–Eh, tú, maldita. –Lili dio un salto cuando apareció la cabeza de Joselito bajo el mantel–. Mira como me ha quedado la mano por tu culpa. Ya no quiero seguir jugando contigo –dijo el niño.
–No, no, mira. !Mira! Te hice un regalo de cumpleaños. –Lili le mostró con ambas manos en forma de cuenco una bola de pelusas que había encontrado en la alfombra.
–¡Eres asquerosa! ¡Le diré a mamá!
Lili se quedó nuevamente sola en el escondite dando saltitos de risa e intentando limpiar su vestido con saliva. No pasó mucho tiempo hasta que escuchó gritos llamándola por su primer y segundo nombre, por lo que decidió entregarse.
–¡¿Qué has hecho con tu vestido?! ¡Virgen Santísima! –La Vieja Candelaria, que ya tenía la comida y el salón bajo control, seguía al acecho de los niños–. ¡Señora! ¡Señora! –chillaba persiguiendo a Lili por la casa que, menos mal, era de un solo piso.
«Qué pasará ahora, por Dios», se preguntó Clara cansada de tanto bullicio inútil. Puso el seguro en la puerta del baño y retocó su maquillaje. No tenía muy claro, en todo caso, el propósito de arreglarse sabiendo que solo vendrían las madres de la clase de Joselito con sus hijos y que, al final, sería otra tarde aburrida de té con galletas.
Dio una última vuelta en cámara lenta frente al espejo mientras la Vieja Candelaria, Joselito y Lili tocaban a dos puños en su puerta. Ni un minuto podía estar sola. Únicamente restaban los gritos de su marido, que de haber estado allí habría sido uno más a la puerta clamando atención. Era una de aquellas ocasiones en que Clara se alegraba de que ese canalla se hubiese largado y que tuviese a otra para eso.
Abrió la puerta, miró el reloj y flanqueó a la pequeña muchedumbre. Les indicó a todos que fueran hacia el salón para esperar a los invitados.
–Ya deben estar por llegar tus amiguitos –le dijo a Joselito guiñándole un ojo y él sonrió tímidamente.
Se instalaron en el sofá de gamuza a esperar. Estuvieron un par de horas sentados, pegados uno al lado del otro, sin noticias de nadie. A las siete menos cuarto Joselito, con lágrimas en los ojos, salió al jardín a jugar con Bobbi que le daba lengüetazos de felicidad en la cara. Dentro, Lili cayó rendida sobre los cojines y Clara muy erguida en su sitio, pensaba en qué diablos había ocurrido.
–Joselito, hijo ¿las invitaciones? –El niño se volteó desconcertado.
–Mamá, yo… parece… –contestó y comenzó a llorar.
Clara se levantó, fue hacia la habitación de su hijo y registró todo hasta que se cruzó con lo que buscaba: el bolso escolar tirado bajo la cama. Lo abrió y buscó en cada bolsillo, dando por fin con un sobre escrito con su propia letra. Rezaba: “Para Profesora Mary”, cerrado tal como ella se lo había entregado a Joselito para que lo repartiera entre sus compañeros. En su interior aguardaban, también como las había dejado, veintitrés invitaciones de colores que ella, Lili, Joselito y la Vieja Candelaria habían pasado decorando la tarde del lunes anterior.

lunes, 7 de agosto de 2017

Participación Concurso: Historias de Viajes.



STENDHAL
La primera y única vez que fui a Europa nadie me anticipó que el viaje podía meterse con mi cabeza de esa manera, pero la locura que me invadió fue incontrolable e impredecible. Si lo intento explicar desde el principio, diría… Empacar. Prepararse. Lugares desconocidos y alimentos extraños. Fotografiarlo todo. Antiácidos y suficiente ropa interior. ¿Qué se me podía escapar? Supuse que nada. Mi provincianismo solo consideraba dos alternativas: un viaje inolvidable o sólo un viaje.
El que no me advirtieran fue para mejor porque de seguro se me habría escapado una carcajada en la cara del que me lo hubiese intentado explicar, o bien, lo habría googleado autosugestionándome irremediablemente. De hecho, para muchos se trata de una situación basada en persuasiones, que cualquier médico respetable inscribiría en una enfermedad aprobada por organizaciones serias y oficiales. ¡Pero qué más da! Stendhal me abrazó. La forma en que me afectó me convenció de su realidad. ¿Cómo podría haberme dejado influenciar por algo que no sabía siquiera que era posible?
No quiero llevar a confusiones. Es, pero no para cualquiera. Quizás no lo sea para ti, o incluso, no lo sea para mí. Creo que un cuento es el mejor lugar para expresar las extrañezas que implican el estar vivo; mejor que narrarlo a viva voz durante la cena (ya soporté la mirada de otros comensales como si fuera un conejillo de indias medio borracho).
Para que Stendhal sea real, se necesita de una sensibilidad absurda. Cuando era adolescente mi madre solía decirme a modo de no sé qué clase de instinto maternal, que era una persona excesivamente somática. ¿Eso explica algo? Digamos que no, pero era la causa que ella le daba a mi síndrome de colon irritable.
Ya en mi época adulta, víctima de la ignorancia propia que conlleva una educación en extremo religiosa, fui invitada a escuchar un concierto. Se trataba de la Quinta Sinfonía de Gustav Mahler. Sin entender nada en estricto rigor, me dejé llevar por la música y en el cuarto movimiento no era capaz de contener las lágrimas.
Supongo que ni Stendhal ni mi discurso son demasiado precisos, pero soy una ferviente defensora de que hay cosas que sólo pueden mostrarse con ideas vagas, experiencias, metáforas; cosas a las que sólo se puede llegar mediante rodeos.
Aterricé en el mundo viejo, nuevo para mí, y lo sobrellevé con decencia hasta el día ocho o nueve, aunque si soy sincera, mis conductas erráticas empezaron algo antes.
Recuerdo que al conocer, llamémosla “Ciudad Laberíntica”, me paseé por las callecitas sintiéndome como en un juego para adultos, tan confundida que me perdí (seguro me escondí a propósito, pero esas memorias están algo nubladas). Estaba ajena a mí. Mi novio me buscó desesperado por horas, hasta que me encontró al interior de una iglesia románica, acostada en el suelo soñando con las obras grabadas en el cielo.
Stendhal se había apoderado de mi interior. El día siete conocimos “Ciudad Ancestral”. La atracción principal, consistente en un acueducto romano, se erigió ante mis ojos y corrí hacia él. Mi novio intentó detenerme mientras gritaba que qué diablos hacía (creo que a veces lo avergüenzo, pero esta vez no cuenta: ¡estaba fuera de mí!). Me acerqué a la piedra, me quedé mirándola y me abracé a uno de sus pilares durante un largo rato con los ojos cerrados. Mi novio me miraba desde una distancia prudente.
– Te esperaré en un café aquí en frente ¿vale? -, dijo algo incómodo.
– ¿Quién lo puso aquí? -, lo interpelé con brusquedad.
– Tranquila. Los romanos -, contestó.
– Ya. Pero igual no entiendo.
– ¿Qué hay que entender?
– ¿Cuándo?
– Siglo II D.C. ¿Te parece si seguimos?
– No, no me parece.
Yo tenía la mejilla pegada a la superficie rocosa. ¿Me estás diciendo que esto lleva más de mil ochocientos años aquí? ¿Aquí mismo? No podía soltarla, era una sensación inexplicable. Estaba por llorar y ni siquiera los argumentos acerca de que la piedra estaba llena de orina y escupitajos lograban sacarme de ahí. Escuchaba el “joder” susurrado de mi novio, todavía contemplándome desde un par de metros.
No sé decir si todo mi asombro era positivo. Simplemente lo sentía, era físico. Deseaba encontrar alguna explicación razonable a mis comportamientos, como el hecho de que todo fuera demasiado antiguo, demasiado histórico, demasiado diferente a mi país. De donde yo vengo, cada cierto tiempo un desastre natural se lo lleva todo sin piedad; nada supera los cien años y lo que vemos hoy se habrá ido dentro de los cien que vendrán.
El día nueve Stendhal me afectó profundamente. Alojábamos en “Ciudad Impresionante” y ya casi se terminaba el viaje. Paseábamos por un pueblo en que todo era de piedra, incluidas personas y animales, con musgo y buganvilias enraizadas en cada esquina. Yo caminaba con el brazo derecho estirado, tocando cada pared y acercándome a besar las murallas, pegando mis labios a la piedra fría y olorosa.
– ¿Qué haces? -, dijo mi novio, cansado de mis extravagancias y horrorizado de que me pudiera contagiar alguna enfermedad.
– Absorbo la energía, -él puso los ojos en blanco -, ¡No me mires así! Alguien puso esto aquí, ¿sabes? Hace siglos y sigue aquí. Nos moriremos y dará igual. Quizás me muera ahora mismo.
– Tontilla, no pasa nada-, me rodeó con sus brazos conmovido por mi estado.
Comencé a llorar. Me invadió un infinito mareo, como si fuera una forastera dentro de mi cuerpo. Daba cada paso adelante con la sensación de cuando bajamos las escaleras a oscuras convencidos de que resta el último peldaño. Me sentía tan nada y tan sola, como si en realidad fuera a morir.

Inhalando con dificultad, poco a poco el cosquilleo de las buganvilias me devolvió al presente; pequeñas ramas subían enroscándose por mis piernas, jugueteando con mis caderas. No pude evitar sonreír. Mis manos, mi rostro, todo en mí cedía, por fin, ante la piedra que me abrazaba.

miércoles, 6 de julio de 2011

Eterno Presente

Eterno Presente

I
“El pensamiento no nace en la boca
Nace en el corazón del corazón”
                                                      Nicanor Parra
Manifiesto

Y desperté. Ahí estaba yo, con el corazón en la mano dispuesta a entregarlo, a venderlo a quien fuera que lo quisiera recibir. Solo eso quería: amor. Tal vez mi personalidad lo exigía, mi forma de ser; apasionada y tormentosa, necesitaba amor y lo que el innombrable me había hecho me había destruido. O tal vez sólo exageraba. Entonces perdí el dominio sobre mi vida. ¿Puede un tonto enamoramiento de adolescente hacerte perder el control de la vida? Existe eso o solo son las películas. Porque yo existo y mi historia también, o tal vez no existo, o tal vez mi vida es una película cruel, o una realidad absurda.
Pero un corazón torturado puede salir adelante escribiendo…sí, escribiendo es como se deja atrás todo…o se comparte con el mundo sin tener que enfrentar el cara a cara.

¿Pueden las circunstancias de la vida, la gente que uno conoce, cambiar el rumbo de la vida cuando ésta apenas ha comenzado?
                                                                                                                   
A veces siento que el corazón no es el mejor lugar desde donde deba contarlo todo. Seguramente no hay un lugar desde donde una persona tan complicada como una adolescente pueda sentirse cómoda para abrirse a los demás. Pero seguramente, los adultos tampoco lo han encontrado, y los ancianos tampoco. Yo creo que ese lugar ideal no existe.

Miré a mi alrededor, me sentí mareada. Fue una pesadilla. Menos mal; no podría haber soportado saber que en realidad había perdido algo tan importante así, con alguien tan insensible, en una relación tan efímera. Ni que me habían traicionado de esa forma a propósito de lo ocurrido. A pesar de que era un sueño, o mi inconsciente me obligaba a reconocer todo lo ocurrido como tal, me sentía sola. Amigos, novios, familia, gente… y al final solo estaba yo. ¿Egoísmo o soledad? ¿Casualidad o destino?

En el último tiempo había sentido como si tocar fondo no era más que saltar de escalón en escalón hacia algo más bajo aún, como si en realidad aquel fondo que me haría recapacitar no existiera.
Me hubiese gustado despertar y ser otra: vulnerable, débil, en quien la gente no pudiera esperar demasiado. ¡Qué triste que no sea el caso! Siendo la hija brillante, perfecta, con buenas notas, buena familia, buena situación, ¿Quién pensaría de mí como una adolescente descontrolada? Podría cerrar los ojos y dormirme para siempre pensando que soy otra y vivir para ese mundo paralelo.

Todo es culpa de ese muro que he construido, que han construido los demás en torno a mí, que no me defiende, sino me oculta y muestra una imagen de mujer sólida, con valores, fuerte, que no llora, de la que todos pueden esperan sino lo mejor. Y que, por supuesto, está absolutamente preparada para enfrentar la vida. Si supieran que esa persona no existe, que es solo producto de la imaginación de aquellos que la idealizaron. Solo es eso; una idea.

Hoy día intenté hablar con mi papá. Conversamos un poco. Más bien fue un monólogo, pero yo lo entiendo: sus monosílabos no significan que no me quiera, está claro que no es eso. El pensamiento típico de mi edad -nadie me quiere o entiende-, pasó de moda hace años. No, yo entiendo; él está cansado, estresado. El trabajo, las reuniones, y los problemas de adultos. A veces pienso que la adolescencia no es una etapa circunscrita a una edad determinada.

Adolecer significa sufrir, y no he conocido jamás a alguien que no sufra. Pensar que hasta el sentimiento más alto, o eso dicen, que es el amor, va de la mano del dolor. A veces pienso que debería ser yo la que tendría que estar ahí para mi papá y decirle que no se preocupe, que un problema no es el fin del mundo. Pero no puedo. Soy una adolescente, tengo 17 años; aunque tuviese la razón, no me incumbe, como dirían los mayores.

Los hombres mismos hacen que la vida sea ardua. El mundo no es difícil, no es complicado: los hombres lo son. El mundo no es triste, los hombres son quienes lo hacen gris. He estado buscando la gente buena, los hombres que valen la pena, pero no los encuentro. He cambiado los canales de la televisión y no los veo. He leído diarios, revistas y ahí tampoco están. 
II
“Hierbecita temblorosa
Asombrada de vivir”
Gabriela Mistral
Apegado a mí, Canciones de Cuna, Ternura

Ahora que lo pienso he vivido tantas cosas. Me habría gustado ir más lento, cada cosa en su momento. Pero siempre fui adelantada: caminé antes que nadie, mis primeros dientes salieron muy anticipadamente y para que decir mi primera palabra.

Mis amigas veían dibujos animados y caricaturas, yo, en cambio, series importadas directamente de USA con esas risitas envasadas, y tramas fuertes para reflejar lo “terrible de la juventud hoy en día ”. Ahora que yo soy la juventud de hoy en día pienso que esa frase cliché es una simple muletilla: la juventud siempre fue igual, y ese pensamiento pesimista únicamente contribuye agrandar aún más esa temible brecha generacional entre algún adulto que quizás lea esto y yo. O entre yo misma y mis hijos en el futuro.

Pero, ¿Cómo llegué a este punto de soledad y tristeza? Mi teoría final: yo misma lo busqué o el destino lo preparó especialmente para mí. Incluso puede ser que estaba escrito desde le eternidad. Fue una cadena de sucesos que me hicieron ser lo que soy y ya no hay vuelta atrás. Maravillarme con dejar atrás la infancia, para comenzar a tomar mis propias decisiones… salir de la seguridad del hogar, y enfrentarse a las luces, la ciudad, la vida nocturna. Salir con ese tipo que nunca quise pero que me encantó. Luego, en un abrir y cerrar de ojos, darme cuenta de lo que había perdido. Crecer, crecer, ¿Crecer? ¿Qué es eso? Solo una medida corporal. En la mente uno no crece ni madura: simplemente va juntando un enorme acervo empírico que lleva a forjar una cierta personalidad, y después de un tiempo las experiencias más duras se van eliminando o tergiversando y se puede decir en paz, sin darse cuenta del autoengaño; “dejé eso atrás”, o bien, “ya maduré”.

Lo terrible hoy en día no es la juventud. Es la sociedad. Son los adultos. Ellos publicitan un mundo sensual, donde antes que la abstinencia están los preservativos, antes que la razón, están los sentimientos, antes que el amor (del verdadero, de la voluntad), está el placer. Y eso no importa, no es mi punto, ni mi tesis a defender, todo eso me da igual; que publiciten lo que quieran y que quienes opten por eso lo hagan libremente. Pero luego pregunto ¿Y ahora qué? ¿Quién de esos adultos va a acompañarme, a sacarme de esta soledad y tristeza, quién de ellos va a llenar el vacío?

Todo esto es un sinsentido; fue mi culpa al fin y al cabo. Pensé que esa era la mejor manera de sentirme querida. Pero los “penséque” y “creíque” no sirven de mucho en la vida real, suponiendo que todo esto es real. Y no parece serlo: haber perdido mi inocencia así, dejar de ser la que era sin haberlo deseado me hizo desvanecer. Siento como si todo esto fuese ficticio y ya hubiese dejado de existir.

Y yo no tomo. Nunca. Por ley no bebo alcohol, pero paradójicamente me encuentro castigada hasta nuevo aviso debido a que me escapé hace unos días, salí y tomé con el estómago vacío. Seguiría con la historia de mi “hazaña nocturna” pero no recuerdo qué ocurrió después. Podría inventar un final. Podría invocar a una musa griega o algún dios fogueado en el tema: Dionisio tal vez me ayudaría. Pero luego desperté, y comenzaron mis cavilaciones y aquí estoy en medio de la nebulosa que llaman conciencia, razón; quién sabe. ¿Y qué hago escribiendo pensamientos íntimos? Sigo siendo una adolescente, no soy tan profunda como podrían pensar; simplemente escribir me alivia casi tanto como un cigarro suave junto con la puesta de sol, o como leer una buena novela, tan buena que los personajes rápidamente instalan una cómoda silla para mí, en una pequeña esquina para que pueda disfrutar la trama de más cerca aún.

Y todo porque en un año pasé de un hombre a otro. Sin tener tiempo de olvidar al primero, conocí al segundo, y ya estaba con el tercero, conociendo a la familia del cuarto. Y ese día colapsé, me serví un vaso de no sé qué “trago“, y pensé: esto era exactamente lo que necesitaba para olvidar todo. Y todos mis pensamientos eran un torbellino. Comencé a esfumarme, a dejar atrás mi realidad. Mejor sola que mal acompañanda, si al final me di cuenta de que por donde voy hago daño, y que después de todo tal vez no sea adolescencia sino locura, y esa personalidad impulsiva no sea una etapa sino carácter y temperamento natural en mí. ¿Y la libertad qué? Si lo que me sucede está mal y lo que elijo, también. Tan voluble, tan cambiante. Yo misma creé mi soledad. Y la creé tan bien que debería sentirme orgullosa. Pero no, los seres humanos necesitamos de la sociedad. O tal vez yo no sea humana o en ese instante haya dejado de serlo.

III
“¿Quiénes están muriendo y quiénes nacen
Mientras mi pluma corre en el papel?”
Vicente Huidobro
Canto IV, Altazor

Después de todo, esta es la vida, que transcurre, y no hay otra. Soy lo que fui y seré lo que soy. Mis experiencias son estas, y luego ¿Qué? Solo soy un personaje de un cuento loco, una historia rápida  y mi vida acaba con estas líneas. Si mi dueño decide dejar de escribir… ¿A dónde iré?

Iré a un más allá, al mundo real de los filósofos, a lo que en realidad es. A ese mundo ideal platónico. Porque quizás soy solo una idea y allí es donde pertenezco. Saldré de este mundo aparente. Sí. Saldré de esta hoja, de este trozo de papel, de estas palabras que me tienen atrapada. Que me controlan. Que manipulan mi destino.

Si cada una de estas letras se entrecruzara, o se mezclaran, ¿Mi historia sería diferente? ¿Quién soy? ¿Qué soy? No soy. No puedo ser. Soy un personaje. Y si mi ser es ficticio, mi sufrimiento también. Pero, ¿Cómo puede ser que lo que siento no sea, si lo estoy sintiendo? Y si soy una idea, entonces las ideas también sienten, las ideas también son. Quizás las ideas son lo único real, y ese ser de carne y hueso que me escribe o me lee no es sino un ser mecánico e indiferente.

Tal vez soy un alma dispersa y no he encontrado mi lugar. He abandonado mi cuerpo, o éste me ha dejado en libertad, pero no ha sabido diferenciar aquella del libertinaje y aquí me encuentro como un espíritu perdido, divagando por estas páginas.

¿Han visto algún desalmado rondando las calles? Tal vez sea yo, mi otra parte. ¿Cómo hacer para que me lea? Podría usted, sí, usted que está mirándome sin verme, llevarme ahí donde la gente se siente vacía por dentro. Yo tengo pasiones, deseos, sentimientos, voluntad. Yo puedo ser el alguien de alguien. Pero quién irá a tomarme en cuenta… si solo soy una adolescente, solo soy una idea. No pasará. No encontraré mi lugar en este mundo. No seré parte de la masa ni encajaré en un estereotipo. Esta hoja acabará y ya no tendré existencia.

¿El lenguaje crea? Porque yo estoy existiendo ahora gracias a él. Pero la historia se acaba. Mi vida se termina y aún no ha comenzado. Si usted intentara volver a la primera línea y leer nuevamente, podría darme unos minutos más de vida. Tal vez si lo hiciera con otra actitud o con otro ritmo de lectura, mi historia sea diferente y tenga un final feliz; pero ¿Cómo? Supongo que si ya está escrita, nada puede cambiar. El destino inexorable quedará inexorable para mí.

Mi existencia ya no es superada por las fuerzas de la naturaleza ni por la tecnología, como se ha pensado a lo largo de la historia. Mi existencia la supera mi propia existencia, me sobrepasan mis pensamientos y mis palabras: me consumen pero a la vez me sostienen.

A través de la historia el hombre se ha autodestruido, y ha sido una conducta perseverante, digna de admiración. No sólo la juventud se autodestruye: todos se suman a este movimiento; los individuos y las masas. Y cuando la destrucción física ya no es suficiente, no hay que preocuparse: la destrucción moral llega de inmediato para así continuar con el ciclo normal de la vida.

Y por eso mismo destruiré mi historia, dejaré de escribir. Los pensamientos dejarán de fluir por mi cabeza y mi mente se apagará en el minuto que escriba el punto final. Así seré consecuente con mi naturaleza humana y seré yo la causa de mi muerte, seré el superhombre de Nietzsche. O mi inconsciente freudiano hará su parte y me obligará a detener todo esto.

Es mi elección, creo. No me queda otra posibilidad sino elegir mi obligación. Los hombres son creados para encontrar la verdad, la felicidad, el bien, la belleza; para encontrar el amor. Y yo, ¿Para qué fui creada? Para rellenar estos escritos, para desahogarme con el aire, para encontrar la catarsis conmigo misma y liberarme al fin.

Seré una adolescente eterna, mi ser no asumirá jamás dejar atrás la juventud, y con cada lectura naceré y moriré una y otra vez. No habrá pasado ni futuro, solo el eterno presente.

Y desperté. Ahí estaba yo, con el corazón en la mano… sintiendo que todo esto ya lo había vivido. Tomé mis pensamientos, y los esparcí sobre la mesa decidida a escribir lo que sentía. Decidida a inmortalizar mi ser en un hoja. Comencé con los pedazos más pequeños a armar lentamente lo que habían sido mis experiencias hasta ahora, el rompecabezas de mi vida.