lunes, 7 de agosto de 2017

Participación Concurso: Historias de Viajes.



STENDHAL
La primera y única vez que fui a Europa nadie me anticipó que el viaje podía meterse con mi cabeza de esa manera, pero la locura que me invadió fue incontrolable e impredecible. Si lo intento explicar desde el principio, diría… Empacar. Prepararse. Lugares desconocidos y alimentos extraños. Fotografiarlo todo. Antiácidos y suficiente ropa interior. ¿Qué se me podía escapar? Supuse que nada. Mi provincianismo solo consideraba dos alternativas: un viaje inolvidable o sólo un viaje.
El que no me advirtieran fue para mejor porque de seguro se me habría escapado una carcajada en la cara del que me lo hubiese intentado explicar, o bien, lo habría googleado autosugestionándome irremediablemente. De hecho, para muchos se trata de una situación basada en persuasiones, que cualquier médico respetable inscribiría en una enfermedad aprobada por organizaciones serias y oficiales. ¡Pero qué más da! Stendhal me abrazó. La forma en que me afectó me convenció de su realidad. ¿Cómo podría haberme dejado influenciar por algo que no sabía siquiera que era posible?
No quiero llevar a confusiones. Es, pero no para cualquiera. Quizás no lo sea para ti, o incluso, no lo sea para mí. Creo que un cuento es el mejor lugar para expresar las extrañezas que implican el estar vivo; mejor que narrarlo a viva voz durante la cena (ya soporté la mirada de otros comensales como si fuera un conejillo de indias medio borracho).
Para que Stendhal sea real, se necesita de una sensibilidad absurda. Cuando era adolescente mi madre solía decirme a modo de no sé qué clase de instinto maternal, que era una persona excesivamente somática. ¿Eso explica algo? Digamos que no, pero era la causa que ella le daba a mi síndrome de colon irritable.
Ya en mi época adulta, víctima de la ignorancia propia que conlleva una educación en extremo religiosa, fui invitada a escuchar un concierto. Se trataba de la Quinta Sinfonía de Gustav Mahler. Sin entender nada en estricto rigor, me dejé llevar por la música y en el cuarto movimiento no era capaz de contener las lágrimas.
Supongo que ni Stendhal ni mi discurso son demasiado precisos, pero soy una ferviente defensora de que hay cosas que sólo pueden mostrarse con ideas vagas, experiencias, metáforas; cosas a las que sólo se puede llegar mediante rodeos.
Aterricé en el mundo viejo, nuevo para mí, y lo sobrellevé con decencia hasta el día ocho o nueve, aunque si soy sincera, mis conductas erráticas empezaron algo antes.
Recuerdo que al conocer, llamémosla “Ciudad Laberíntica”, me paseé por las callecitas sintiéndome como en un juego para adultos, tan confundida que me perdí (seguro me escondí a propósito, pero esas memorias están algo nubladas). Estaba ajena a mí. Mi novio me buscó desesperado por horas, hasta que me encontró al interior de una iglesia románica, acostada en el suelo soñando con las obras grabadas en el cielo.
Stendhal se había apoderado de mi interior. El día siete conocimos “Ciudad Ancestral”. La atracción principal, consistente en un acueducto romano, se erigió ante mis ojos y corrí hacia él. Mi novio intentó detenerme mientras gritaba que qué diablos hacía (creo que a veces lo avergüenzo, pero esta vez no cuenta: ¡estaba fuera de mí!). Me acerqué a la piedra, me quedé mirándola y me abracé a uno de sus pilares durante un largo rato con los ojos cerrados. Mi novio me miraba desde una distancia prudente.
– Te esperaré en un café aquí en frente ¿vale? -, dijo algo incómodo.
– ¿Quién lo puso aquí? -, lo interpelé con brusquedad.
– Tranquila. Los romanos -, contestó.
– Ya. Pero igual no entiendo.
– ¿Qué hay que entender?
– ¿Cuándo?
– Siglo II D.C. ¿Te parece si seguimos?
– No, no me parece.
Yo tenía la mejilla pegada a la superficie rocosa. ¿Me estás diciendo que esto lleva más de mil ochocientos años aquí? ¿Aquí mismo? No podía soltarla, era una sensación inexplicable. Estaba por llorar y ni siquiera los argumentos acerca de que la piedra estaba llena de orina y escupitajos lograban sacarme de ahí. Escuchaba el “joder” susurrado de mi novio, todavía contemplándome desde un par de metros.
No sé decir si todo mi asombro era positivo. Simplemente lo sentía, era físico. Deseaba encontrar alguna explicación razonable a mis comportamientos, como el hecho de que todo fuera demasiado antiguo, demasiado histórico, demasiado diferente a mi país. De donde yo vengo, cada cierto tiempo un desastre natural se lo lleva todo sin piedad; nada supera los cien años y lo que vemos hoy se habrá ido dentro de los cien que vendrán.
El día nueve Stendhal me afectó profundamente. Alojábamos en “Ciudad Impresionante” y ya casi se terminaba el viaje. Paseábamos por un pueblo en que todo era de piedra, incluidas personas y animales, con musgo y buganvilias enraizadas en cada esquina. Yo caminaba con el brazo derecho estirado, tocando cada pared y acercándome a besar las murallas, pegando mis labios a la piedra fría y olorosa.
– ¿Qué haces? -, dijo mi novio, cansado de mis extravagancias y horrorizado de que me pudiera contagiar alguna enfermedad.
– Absorbo la energía, -él puso los ojos en blanco -, ¡No me mires así! Alguien puso esto aquí, ¿sabes? Hace siglos y sigue aquí. Nos moriremos y dará igual. Quizás me muera ahora mismo.
– Tontilla, no pasa nada-, me rodeó con sus brazos conmovido por mi estado.
Comencé a llorar. Me invadió un infinito mareo, como si fuera una forastera dentro de mi cuerpo. Daba cada paso adelante con la sensación de cuando bajamos las escaleras a oscuras convencidos de que resta el último peldaño. Me sentía tan nada y tan sola, como si en realidad fuera a morir.

Inhalando con dificultad, poco a poco el cosquilleo de las buganvilias me devolvió al presente; pequeñas ramas subían enroscándose por mis piernas, jugueteando con mis caderas. No pude evitar sonreír. Mis manos, mi rostro, todo en mí cedía, por fin, ante la piedra que me abrazaba.

martes, 25 de abril de 2017

Mención Honrosa en I Concurso Relatos Filosóficos


Publicado en https://clubdeescritura.com/convocatoria/i-concurso-relato-filosofico/leer/319469/de-las-flores-secas-y-la-felicidad/


DE LAS FLORES SECAS Y LA FELICIDAD.

Lo que sucede es lo siguiente. Antes de explicarlo, necesito dejar constancia de que no estoy excusándome, aunque lo parezca. Sólo lo estoy escribiendo porque necesito sacarlo de mí, nada más. Lo que ocurre es que mientras iba hoy apretada en el bus, y luego apretada en el metro, transpirando bajo las cuatro capas de ropa que me puse en la mañana, intenté retomar la historia que eliminé hace unos meses de mi computador. Pensé: es un buen relato y quizás pueda publicarlo. Se llamaba “Bodegón”.
No lo eliminé en un ataque artístico, de esos que te agarran y te destruyen diciéndote al oído que tu trabajo es una basura. No, no, ojalá. Ese era un cuento que me gustaba, por fin, y que sin querer, intentando guardar mis archivos en mi nuevo computador, desapareció. Así, sin más. Apreté todas las teclas que pude y no sirvió. Luego, me quedé perpleja durante una hora frente a la pantalla, pero tampoco funcionó.
Llevo semanas queriendo recuperarlo, intentando acordarme de qué se trataba, pero mi memoria está frágil, o tengo demasiado revoloteando en mi cabeza. Actualmente tengo tres trabajos y con eso logro pagar mis cuentas. Bueno, también me compré un computador nuevo. Pero no me queda casi tiempo; tiempo para leer, para escribir, para conservar mis amistades. Para pensar. Eso es lo menos alcanzo a hacer, porque voy todo el camino, de un lado a otro, enfurecida con quienes me empujan o desesperada en el vagón del tren, tratando de alcanzar mi propio cuerpo para quitarme el maldito abrigo. Y cuando ya llego a la oficina de la mañana, o a la oficina de la tarde, solo quiero tomarme un té y leer el periódico. O cuando llego a casa, dormir.
Sé que parece que he perdido el hilo, pero hago lo que puedo. Mi cuento “Bodegón” trataba principalmente de las flores secas. De esas rosas rojas que te regalan y que luego de unas semanas cuelgas boca abajo, hasta que sus hojas se endurecen tomando un color profundo y oscuro, casi tétrico. Era una historia en que intentaba descifrar por qué me gusta tanto la naturaleza muerta, incluso más que la viva. O bueno, eso es lo que sentía mi personaje. Creo que ella estaba algo deprimida; se sentaba horas a mirar sus flores muertas, como le decía su novio, y ella lo corregía: ¡secas! No muertas…
Pienso que escribir es una forma de conocerse, de indagar en uno mismo. Desde pequeña siempre llevé diarios personales en los que escribía cada día lo que me pasaba, lo que sentía, lo que veía. Pero ahora, corriendo de un lado a otro, ya nunca escribo. Ni de mí, ni de otros. Tampoco pienso en mí, ni en otros.
Creo que me siento como ella, como mi personaje inconcluso, que duerme hoy en alguna papelera virtual. Me paso horas mirando naturaleza muerta y no me queda tiempo para meditar. Pensar a dónde quiero ir o cómo quiero vivir. Nada de eso; solo veo caras muertas (y algunas también secas), que van de un lado a otro, frenéticas, haciendo y deshaciendo. A veces culpo al sistema económico. Otras veces, a las redes sociales. Al frío. Pero en el fondo es el drama humano. La vida se impone; casi siempre coincide que aquellos atrapados en la rutina, esa que engulle las inquietudes sociales, artísticas, humanas, son quienes podrían cambiarlo todo. Como mi personaje. Yo quería que fuera una gran persona y estaba segura de que hubiese podido sacarla de su ensimismamiento, pero no alcancé.
En todo caso, ella ya no existe y lo que me trae aquí es simplemente la rabia que me produce haber borrado mi cuento. Qué bruta soy. Mi personaje ni siquiera alcanzó a tener un nombre, pobrecita. Era mujer, eso lo sé. Pero aún no sabía en qué trabajaba ni cuáles eran sus problemas. Ese novio que aparecía, aún no sabía de qué iba. ¿La quería realmente? Seguro que no y por eso ella se quedaba tantas horas frente a sus flores secas, en vez de ir a abrazarlo. A veces siento que no logro hacer felices a mis personajes. Los hago miserables y desdichados. Quizás ella tuvo suerte de haberse perdido en un archivo lejano.
No sé si lo que digo tiene algún sentido, pero me gustaría poder tener un momento en el día, no solo en el reloj, para poder pensarme. Sentir que la vida es mía y no de otros. Justo lo contrario a como lo siento ahora, percibiendo la energía de mi jefe acercarse hacia mi oficina. Taconazos en sonido ascendente. Me recorre un escalofrío, no de miedo, sino de pereza. Supongo que este tampoco era el minuto apropiado para pensar en flores secas y en la felicidad.








miércoles, 5 de abril de 2017

Julia no llora




Había sido un turno lento y este era el primer ingreso de la tarde. El José venía desarmado. Rígido y congelado en el tiempo. Mi trabajo me obligaba a ser fuerte, pero me paralicé. Cuántas veces la Julia le repitió a José: "ten cuidado, esa cosa es un ataúd con ruedas, ¡pa' qué te la compraste!". Es que José adoraba la sensación del viento en su cara, "es una adicción" le decía con una sonrisa de lado a lado. Una condena, respondía ella colgándose de su cuello para retenerlo cada vez que pensaba salir. Pero a él la velocidad lo hacía feliz. Cuando vi entrar ese casco de diseños militares aún protegiendo sus facciones, el pantalón suyo de siempre hecho jirones y la chaqueta de cuero con el halcón que tanto le gustaba, completamente rasgada, algo recorrió mi cuerpo, pero me mantuve fuerte. Empecé a desvestirlo con cuidado, rogando porque ella ya lo supiera. "Julia no llora" me repetía. Ella nunca llora. 

miércoles, 4 de enero de 2017

En 100 palabras

Cómo robar una sonrisa


Igual que todas las mañanas, tuve que ir al Ministerio a hacer trámites. Trámites, a eso se reduce cada día; pero ese fue especial. Caminando hacia el metro un guardia me sonrió y al bajar de él, un señor del aseo me sonrió. Avanzando hacia el edificio, el carabinero de la esquina de siempre me sonrió y luego, al cruzar la calle, un peatón desconocido me sonrió. Entré al Ministerio, caminé hacia el funcionario del escritorio de en medio, que ya me conocía. Me sonrió y me regaló una flor de origami, hecha con papel de fotocopias viejas. Entonces, yo sonreí. 

lunes, 1 de agosto de 2016

Ruptura


En mi cabeza resuena una melodía triste,
tan triste como la mirada que me diste
cuando te dije que teníamos que dejar de vernos.

Mientras caminábamos por la calle y las palabras salían de mi boca,
 traté de ser fuerte para sonar convincente,
pero no pude evitar que en mi interior algo se rompiera.

Tuve que detenerme a recoger mis restos desparramados por la avenida
y guardarlos para algún día tratar de rearmarme
pero no todavía;

Este dolor infinito es lo único que me queda de ti
y no lo dejaré ir tan fácilmente.

sábado, 9 de enero de 2016

Pensamientos (o de por qué dejé de escribir durante casi dos años)

31 de julio de 2014
Corro y corro pero no avanzo porque mis pies están enterrados en la arena. El sol no brilla; al contrario, todo está oscuro y siento la brisa marina golpearme el cuello con esa sensación helada y húmeda que tanto conozco. Trato de avanzar pero no logro ir más rápido que la ola que viene tras de mí. Negra, como un monstruo, imponente y ruidosa, lista para aplastarme.
Cada segundo me desespero más y en mi interior siento esa ansiedad implacable de que no voy a poder soportarlo. Si esa ola fuera una persona, sentiría su aliento detrás mío, penetrando por mis oídos sin dejarme escuchar mis propios pensamientos. Si tan solo pudiera escuchar mis pensamientos podría decidir qué hacer.
Pero me doy cuenta de que no es un sueño, es mi vida. Se acerca, lista para aplastarme y yo no estoy preparada. Las responsabilidades, las expectativas, lo que los demás piensan... el sistema. Yo no estoy lista aún para eso, quiero ser libre y correr infinitamente rápido, hasta quedarme sin aliento y alejarme de todo para poder escucharme.
Cuando era joven la vida consistía en tener sueños, ideales de lo que quería lograr, en emocionarme con un buen libro o una buena película, y creer firmemente que en unos años sería la protagonista de esas historias.
Ahora que no soy tan joven y que la vida me ha obligado a seguir ciertos caminos, tontamente pensando que fueron mis propias elecciones, ya no hay espacio para los sueños. Quiero ser una deportista o una escritora, pero la sociedad espera de mí otra cosa. Lo patético de todo esto es que yo también espero de mí otra cosa: no me atrevería a dejar ahora, que ya estoy terminando una carrera bien vista y trabajando en un lugar bueno y estable, eso que he construido, y que ni siquiera es lo que quería.
¿Qué es lo que me frena? Miedo. Lo que me impide avanzar y sacar mis pies de la arena, salir de esa playa y dejar que esa ola reviente sola, es miedo; y ni siquiera sé a qué. Me angustia ver que pasarán los minutos, días y meses y mis sueños seguirán ahí, no como un esperanzador futuro sino como un frustrante recordatorio de que no arranqué de una miserable vida por miedo.
Vivo una vida que no es la mía y si mi joven-yo me viera desde la distancia se sentiría decepcionada por haberse convertido en una cobarde. Pero, honestamente, ¿Quién tiene el valor de dejarlo todo y atreverse a ser feliz?

jueves, 4 de abril de 2013

Cíclos

-         - Vamos, pónganse los cinturones por fa’ chiquillas-. Le pedí a la Flo, a la Jose y a la Chica.
-          -¡Ya, que exageraa’!-. respondió la Chica.
-        -  ¡Ay que pesada, no nos vamos a matar de aquí a quinientos metros!-. dijo la Flo.
-         - Bueno hagan lo que quieran-. Les dije un poco molesta.
Bajamos desde mi casa, a cincuenta kilómetros por hora, por un camino que ya había hecho muchas veces, con la música a full volumen. Siempre salíamos las cuatro juntas y ya habían pasado tres fines de semana desde que no venía a la ciudad, y solo quería pasarlo bien una noche.
-          -Llegamos. No dejen cosas de valor en el auto por fa.- Les pedí a todas.
-          -Bueno, pero yo voy a dejar mi chaleco-. Dijo la Jose
-         - ¡Sí, yo igual!-. Replicó la Chica
-        - Yo también; están locas que voy a andar con mi chaqueta en la mano. ¡Hay que verse bien!-. Exclamó la Flo.
-          Bueno, tienen razón, pero dejemos todo en la maleta-. Introduje la llave para abrir el maletero y todas metimos nuestros abrigos ahí dentro. 
Estamos en la fila. Pleno invierno. Es de noche. Todos empujan solo por tener un poco de diversión. Todos empujan y gritan. Todos llaman por celular. El patetismo inunda la escena.

Todas las mujeres tiemblan de frío; tiritan sus piernas y castañean sus dientes, mientras esperan entrar al recinto con sus faldas cortas y vestidos apretados. Algunos toman alcohol, algunos fuman, y todos empujan. Debí bajar mi chaqueta.

Tres guardias de metro ochenta cuidan la puerta. No dejan pasar a nadie más. Miro alrededor y quiero salir de ahí... pero la enorme fila tras de mí lo hace imposible. Jamás había visto con esos ojos lo que ocurría ahí. Jamás me había sentido tan despojada de mi individualidad. Soy la multitud irracional.

Todo se repite. Hace frío y todos vestimos trapos ennegrecidos ¿o solo es la oscuridad de la noche? Todos empujan obligando a los primeros a entrar en el recinto. Tres guardias de metro ochenta cuidan la puerta y nos gritan. Todos gritamos en realidad. Algunos lloran y varios fuman.

Los que tienen la mala suerte de quedar en los bordes de la multitud reciben palos y golpes. Algunos caen. Nadie los ayuda. La fila para entrar a bailar es insoportable. Los del borde siguen cayendo y otros son apresados contra las rejas. Algunos se tropiezan. Caen algunas mujeres en tacos de trece centímetros. No es fácil mantener el equilibrio así. ¿Por qué no bajé mi abrigo?

Todos empujan. Los traposos y las jóvenes maquilladas. Todos gritan y discuten con los guardias. Algunos fuman. ¿A dónde estamos entrando? La espera pierde sentido. Somos una marea de miradas perdidas.

¿Qué tan patética puede resultar esta escena? ¿A eso aspiramos? ¿Por esto es por lo que queremos tener tiempo libre? O mejor dicho, ¿Por esto vivimos?

¡Qué cíclico y qué inhumano es este mundo!

Mientras estamos en la fila pienso en la falta de amor que hay aquí. Me siento tan vacía que tengo náuseas. Y todos en su interior deben estar pensando en cuán patético se ve el otro. Pero yo pienso en “nosotros”: en el patético colectivo.

Hombres y mujeres miran a la multitud y piensan que jamás serían parte de ella. Y empujan y son empujados para entrar. ¿Sabrán que no es a bailar, sino a un campo de concentración a lo que estamos entrando? Los traposos y las mujeres sumisos esperan poder entrar fundidos en la masa, pensando en que se destacan por algo, sin poder determinar qué.

Todos están en la lista. ¡Qué alivio! Los que no, que lástima, no podrán entrar.
El rebaño inhumano, animalizado, va entrando lentamente al recinto. ¡Al fin! Los guardias de metro ochenta deciden ceder ante nosotros.Y la masa ingresa implacable al lugar. Si se trata de un club para bailar, un campo de concentración alemán o una cárcel vietnamí; ¡Qué más da!